lunes, 24 de agosto de 2009

Revolucion Indusstrial y Arquitectura


















Revolución industrial y arquitectura (1760-1830)
Se inician en Inglaterra, a partir de mediados, del siglo XVIII, y van produciéndose, con retrasos más o menos acusa-dos, en los otros Estados europeos: aumento de la población, incremento de la producción industrial y mecanización de los sistemas de producción.
A mediados del siglo XVIII, Inglaterra cuenta aproximadamente con seis millones y, medio de habitantes; en 1801, año en que se lleva a cabo el primer censo, se empadronan 8.892.000 personas, y, en 1831, alrededor de 14.000.000. Este incremento no se debe a un aumento de la tasa de natalidad —que se mantiene casi exactamente constante a lo largo de todo el período, entre el 37,7 y el 36,6 por 1000—, ni tampoco a un predomi-nio de la inmigración sobre la emigración, sino "a una notable reducción del coeficiente de mortalidad, que desciende del 35,8 (en el decenio 1730-1740) al 21,1 (en el decenio 1811-1821).' No cabe duda de que las causas de este descenso son, ante todo, de orden hi-giénico: mejoras en la alimentación, en la hi-giene personal, en las instalaciones públicas, en las viviendas, progresos en la medicina y mejor organización en los hospitales.
El aumento de la población va acompa-ñado de un desarrollo de la producción nunca visto anteriormente: en setenta años, 1760-1830, la producción de hierro pasa de 20.000 a 700.000 toneladas, la de carbón de 4.300.000 a 115.000.000; la industria del al-godón, que a mediados del siglo XVIII ab-sorbía 4.000.000 de libras, en 1830 consumía casi 270.000.000. El incremento es, a la vez, cuantitativo y cualitativo: se multiplican los tipos de industrias, al tiempo que se diferen-cian los productos y los procedimientos para fabricarlos.
Los incrementos demográfico e industrial se influyen mutuamente de modo complejo.
Algunas de las mejoras higiénicas depen- den de la industria; por ejemplo, los progre-sos en cultivos y transportes, implican una mejor alimentación; la limpieza personal re-sulta favorecida por la mayor cantidad de ja-bón y de ropa interior de algodón a precios
algodón
asequibles; las viviendas alcanzan mayor sa-lubridad, al reemplazarse la madera y la paja por materiales más duraderos y, aún más, al producirse la separación entre vivienda y tra-bajo; el progreso de la técnica hidráulica pro-porciona mayor eficacia a alcantarillados y conducciones de agua, etc. Pero las causas decisivas son, probablemente, los avances de la medicina, cuyos efectos alcanzan también a los países europeos no industrializados donde, de hecho, la población aumenta en este período en virtud del mismo meca-nismo.
A su vez, la necesidad de alimentarse, ves-tirse y dar cobijo a una población creciente es, ciertamente, una de las causas que esti-mulan la elaboración de productos manufac-turados, pero también podría ocasionar el simple descenso del nivel de vida, tal como aconteció en Irlanda durante la primera mi­tad del siglo XIX y como ocurre todavía en Asia (puede observarse que la rápida me­caí)ización de la industria inglesa se debe, entre otras causas, al desequilibrio entre la mano de obra que puede ser empleada en la producción y los pedidos del comercio, es de­cir, al hecho de que la población no aumenta tan rápidamente borno el volumen de la pro­ducción industrial; y que el retraso de la me­canización de la industria francesa está re­lacionado, por el contrario, con su población, mucho más numerosa, cerca de 27.000.000 al estallar la Revolución).
La industrialización es una de las respues­tas posibles al incremento de población, y depende de la capacidad de intervenir efi­cazmente sobre las relaciones de producción, al objeto de adaptarlas a las nuevas exigen­cias.
Para explicarlo pueden reseñarse algunas circunstancias que favorecen la expansión
económica: en Inglaterra, el aumento de la z,renta agrícola como consecuencia de las «en­clostíre acts»; la existencia de grandes capi­tales, favorecida por la distribución desigual de las rentas, el bajo tipo de interés, la cre­ciente oferta de mano de obra; las numero­sas invenciones técnicas derivadas de la in­vestigación científica pura y del elevado grado de especialización; la profusión de em­presarios capaces de sacar partido a la dis­ponibilidad y simultánea presencia de inven­tos, la abundancia de sabiduría artesanal y de capital (la fuerte movilidad vertical entre las clases crea una situación altamente pro­picia para la explotación de los talentos na­turales), la relativa libertad que disfrutan los grupos inconformistas y los disidentes reli­giosos que, de hecho, se muestran muy ac tivos en la industria, la actitud del Estado, poniendo trabas menos rígidas que las ha­bituales a las actividades económicas, sea por las menores preocupaciones estratégicas y fiscales, sea por la influencia de las teorías liberales expuestas por Adam Smith y segui­das por importantes hombres de Estado, como Pitt.
Si se desea encontrar un fondo común para el conjunto de estos liechos, conviene tener en cuenta el espíritu de iniciativa, el deseo, sin prejuicio, de nuevos resultados y la confianza en poderlos alcanzarcon el es`- tudio y la reflexión.
En todos los tiempos los escritores se han maravillado del afán de novedad de sus coe­táneos, pero en la segunda mitad del siglo XVIII este fenómeno llega a ser frecuentí­simo y casi unánime; uu autor inglés escribe: «El siglo está enloquecido por las innovacio­nes; todos los productos de este mundo están siendo hechos de nueva forma; según formas nuevas se debe ahorcar a la gente y ni tan siquiera el patíbulo de Tyburn queda in­mune de esta furia innovadora» ; 2 y un ale­mán: «El actual estado de cosas parece ser hostil a todos, y sufre reiteradas condenas. Pasma comprobar como hoy, se juzga desfa­vorablemente todo cuanto suene a viejo. Las nuevas ideas se abren paso hasta el corazón de las familias, turbando su orden. Incluso nuestras viejas amas de casa quieren dejar de verse rodeadas de sus viejos muebles.» 3
El mismo espíritu de iniciativa mueve a los
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protaonistas de la revolución industrial a decisiones arriesgadas, a acciones fragmen­tarias y contradictorias, y los induce a cons­tantes errores, que pesan sobre la sociedad con medida proporcional a las nuevas can­tidades en juego.
Los contemporáneos, según resulten afec­tados por los aspectos positivos o negativos, nos han transmitido dos imágenes contra­puestas de la época, una rosada y optimista, la otra sombría y pesimista.
En 1859, Ch. Dickens hace este balance del período considerado:
Fue la mejor época de todas, y también la peor, la época de la sabiduría y de la locura, era la época de la fe, era la epoca de ¡a incredulidad; el tiempo de la Luz y el tiempo de la Oscuridad; era la Primavera de la esperanza y el Invierno de la desesperación; teníamos todo \ nada ante noso-tros; caminábamos directamente liacizi el Cielo, y hacia lo opuesto al Cielo; en suma, se hallaba tan alejada de la época presente, que algunas de las más destacadas autoridades insistían en clasifi-carla sólo en términos superlativos, para bien o para mal.'
Los males derivan, ante todo, de la falta de coordinación entre el progreso científico-téc-nico, dentro de cada sector, y la organización general de la sociedad; en particular, de la ausencia de dispositivos administrativos ca-paces de controlar las consecuencias de los cambios económicos.
Las teorías políticas dominantes en aquel tiempo son responsables en alto grado de este desfase. Los conservadores ni siquiera perciben que viven en un período de rápidos cambios. Por ejemplo, Edmund Burke, que en 1790 publica sus Reflections on the French Revolution, se muestra admirado de los acontecimientos más allá del Canal de la Mancha, a los que contempla como a un ho-rrible monstruo, temiendo que tales cambios vengan a turbar el orden constituido en In-glaterra.
Tal como dice Trevelyan, los conservado-res, «con inconsciente ironía, proclaman cada día su aversión a todo tipo de cambio. No llegan a comprender que ellos mismos es-tán viviendo en medio de una revolución más intensa que la que roba todos sus pen-samientos desde el otro lado de la Mancha, y no mueven un dedo para impedir su fogosa carrera». 5
Los liberales, seguidores de Smith, y los radicales, inspirados en Malthus, compren-den que están viviendo en una época de transformaciones y postulan la reforma de la sociedad existente, aunque concibiendo esta reforma como reconocimiento de las leyes inscritas en la evolución de la sociedad y re-moción de los obstáculos tradicionales que se oponen a ella.

En 1776, Adam Smith publica su Inquiry finto the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Da forma científica e incuestionable a la teoría liberal, y persuade a sus coetáneos de que el mundo de la economía está regido por leyes objetivas e impersonales, tal y como el mundo de la naturaleza; la libre ac-tividad de los individuos movidos por el pro-pio afán, y no las exigencias del Estado, constituye el fundamento principal de tales leyes.

Importancia casi similar para determinar la actitud práctica de los protagonistas de la revolución industrial tiene el Essay on the Principie of Population, de Thomas Malthus, aparecido en 179S. Malthus, por primera vez, establece una relación entre el problema del desarrollo económico y el de la población, y demuestra que tan sólo la pobreza de un cierto número de individuos mantiene en equilibrio ambos factores, pues el aumento natural de la población es más rápido que el incremento de los medios de subsistencia, y sólo encuentra límite en el hambre, que im-pide su ulterior multiplicación.
Tanto Smith como Malthus, y particular-mente el primero, reconocen dudas y admi-ten múltiples excepciones a sus teorías. Pero el público las interpreta con bastante mayor rigidez; muchos liberales piensan que el Es-tado no debe participar de ningún modo en las relaciones económicas y que es suficiente con dejar que cada uno se ocupe libremente de sus intereses, para velar también por el in-terés público del modo mejor, muchos con-sideran que Malthus había demostrado la imposibilidad de abolir la miseria, y la inu-tilidad de todo intento filantrópico en favor de las clases menos favorecidas.
Estas ideas concuerdan con los intereses de las clases ricas, que detentan el poder po-lítico y son, por ello, tan convincentes para los gobernantes, pero la explicación política no es suficiente para dar razón de su influen­cia. Es creencia común, admitida sin excep­ciones, que el todo no supone un problema distinto al de la suma de sus partes y que basta con ocuparse de un elemento único —la iniciativa particular, la invención parti­cular, la ganancia particular, etc.—, para que el conjunto resulte automáticamente equili­brado. Se piensa que el camino lleva hacia un equilibrio «natural» de la economía y de la sociedad, identificable a priori por el análisis de sus elementos, a imagen del universo fí­sico newtoniano. Las estructuras de la socie­dad tradicional —los privilegios políticos de origen feudal, 'la organización cooperativa de la economía, las limitaciones políticas a la libertad en los negocios— aparecen como simples obstáculos artificiales y, una vez su­perados, se piensa que se puede alcanzar el imaginado equilibrio natural.
Pero ha sido señalado cómo la teoría del idealismo inglés refleja, más bien, el estado de la economía antes de 1760, cuando la in­dustria daba los primeros pasos y cada uno de sus elementos —hombres, capitales, he­rramientas, etc.—, poseía una elevada flui­dez, en tanto que las exigencias de organi­zación eran relativamente tenues. Es decir, la teoría liberal infravalora los aspectos or­ganizativos del mundo que está naciendo de la revolución industrial, y se orienta, más bien, a desmantelar antiguas formas de con­vivencia, de manera violenta y de un solo golpe en Francia, por evolución insensible en Inglaterra; sólo más tarde aparece clara la necesidad de sustituirlas por nuevas y apro­piadas formas de organización.
El tono de las teorías sociales y económi­cas se mantiene en Francia de forma todavía más abstracta, debido a la abolición de toda vida política espontánea, y del malestar so­cial que hará inevitable, al cabo de poco tiempo, la Gran Revolución.
Tocqueville escribe:
El propio tipo de vida de los escritores les in­clinaba en materia política a enamorarse de las teorías generales y abstractas, abandonándose por completo a ellas. Alejadísimos de la práctica, no existía experiencia alguna que pudiese inter­venir como correctivo de su fuga espontánea...; el, consecuencia, llegaron a ser mucho más vehe­mentes en su espíritu innovador, más ávidos de sistemas y principios generales, más menosprecia­dores de la antigua prudencia, más confiados el, su raciocinio individual de lo que suelen serlo, co­múnmente, los autores de los tratados de espe­culación política; [la Revolución, en su primera fase], fue llevada, a su vez, con el mismo espíritu que había animado tantas disertaciones abstrac­tas sobre el arte de gobernar: idéntica simpatía, por las teorías generales, por los sistemas legis­lativos completos y coronados por una exacta si­metría entre las normas, el mismo abandono de los datos reales, la misma fe en la doctrina, la misma tendencia hacia la originalidad, hacia la su­tileza, hacia la novedad de las instituciones, igual deseo de establecer, de una sola vez, la totalidad de nuevo estatuto a partir de los dictámenes de la lógica y según un único plan, en lugar de tratar de ir corrigiendo cada una de sus partes. 6
Rousseau atribuye el poder político a la «voluntad general» de la comunidad; esta voluntad general consiste en aquello que es común a la voluntad de los diversos indivi­duos, salvadas las diferencias debidas a los intereses personales. A fin de que la volun­tad general pueda manifestarse, conviene que los ciudadanos juzguen cada uno por cuenta propia; de este modo las diferencias personales «se destruyen mutuamente, que­dando la voluntad general como suma de las diferencias».
Pero cuando se crean asociaciones particulares a expensas de la comunidad, se transforma la vo­luntad de cada una en voluntad general, respecto a sus miembros, y en voluntad particular, respecto al Estado; puede decirse entonces que no hay ya tantos votantes como hombres, sino únicamente tantos como asociaciones. Las diferencias llegan a ser menos numerosas y, ofrecen un resultado menos general. Al final, cuando una de estas aso­ciaciones llega a ser tan grande que prevalece so­bre todas lal., no tendréis como resultado una suma de pequeñas diferencias, sino una di-ferencia única; ya no existe entonces voluntad ge-neral, y la opinión que prevalece es sólo una opi-nión particular. Resulta, pues, necesario, para alcanzar realmente la expresión de la voluntad general, que no exista en el Estado ninguna so ciedad particular, y que cada ciudadano piense si-guiendo exclusivamente ente su propio juicio. 7
La «voluntad general» de Rousseau es un concepto teórico; en la actuación práctica, el Estado autoritario ocupa pronto su lugar y,
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al no tropezar en su camino con la resistencia de ninguna sociedadarticular se convierte
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en juez único de lo que debe entenderse por público o por privado. De este modo la de-mocracia se transforma en tiranía, sin que los términos aparentes del razonamiento deban ser alterados, ya que al ciudadano. «podrá obligársele a ser libre», como dice Rousseau en una frase cuya trágica ironía podemos apreciar hoy en su totalidad.

Un proceso similar de polarización de la estructura social se está ya llevando a cabo, desde hace algún tiempo, en Francia, bajo el
anclen réginie,- como dice Tocqueville: «El
poder central... ha llegado la destruir todos los poderes intermedios, y no existe nada más entre aquél y los individuos, que un in-menso espacio vacío.»8
Por ahora, en este espacio se enfrentan dos principios abstractos, el de la libertad y el de la autoridad, y, como acontece en el de-bate teórico, súbitamente se interfieren mu-tuamente debido a que falta la resistencia de una estructura intermedia.
No se conforma todavía el pensamiento moderno con esta alternativa y pretende obstinadamente una integración entre liber-tad y autoridad, que convierte las nociones abstractas y opuestas en realidades concretas y complementarias. Se trata de rellenar poco a poco el «espacio vacío» de Tocqueville con nuevas instituciones que tengan en cuenta las variaciones de las condiciones económi-cas y técnicas; de aplicar el mismo espíritu de búsqueda sin prejuicios, que ha proporcio-nado tantos éxitos a las iniciativas privadas, a los problemas de coordinación y de equi-librio entre las propias iniciativas; de apren-der a colocar las diversas opciones en los tiempos y a las escalas oportunas, para lograr un máximo de libertad con un mínimo de li-gaduras.
En el ámbito político este intento torna el nombre de democracia, en el ámbito eco-nómico toma el nombre de planificación; las esperanzas de mejorar el mundo que la re-volución industrial está transformando de-penden de esta posibilidad que da ahora sus inciertos primeros pasos, continuamente ex-puesta al peligro de anquilosarse en decisio-nes autoritarias, o de disolverse en el mar de las iniciativas privadas. La arquitectura mo-derna surge cuando la actividad constructiva se siente atraída por la evolución de esta bús-queda.
Proseguiremos en los capítulos siguientes el difícil y no lineal camino de la arquitectura a través de las vicisitudes de la sociedad in-dustrial, partiendo de la privilegiada posi-ción de alejamiento donde se encuentra, por el momento, sistematizada, hasta volver a to-mar contacto con los problemas concretos y ocupar su lugar, con plena conciencia, en la obra de reconstrucción de la sociedad con-temporánea.
1. La revolución industrial en las construcciones
La palabra «construcción» indica, a finales del siglo XVIII, una serie de aplicaciones técnicas: edificios públicos y privados, calles, puentes, canales, movimientos de tierras e instalaciones urbanas: acueductos y alcanta-rillado. Incluye, más o menos, toda manu-factura de gran samario donde no sea pre-dominante el aspecto mecánico.
Anteriormente a la revolución industrial,














el arte de construir máquinas estaba relacio­nado más directamente con el de edificar; las construcciones mecánicas, ahora que el pro­greso técnico las ha transformado de manera tan radical, van cayendo en manos de los es­pecialistas, y la palabra «construcción», sin epítetos, indica sustancialmente las activi­dades todavía unidas a los sistemas tradicio­nales y habitualmente asociadas al concepto de «arquitectura». Apenas una de estas actividades se desarrolla por su cuenta, con cierta importancia, que se separa de las otras, convirtiéndose en especialidad inde­pendiente; así, por ejemplo, los ferrocarriles, hasta 1830-1840, están incluidos en los ma­nuales de construcción, pero más tarde de­saparecen, dando lugar a una literatura in­dependiente.
La relativa continuidad de los sistemas tra­dicionales no impide, claro está, que el arte de construir sufra transformaciones durante este período, ni tampoco la aparición de nue-vos problemas. Podemos resumir en tres puntos los principales cambios.
Primero, la revolución industrial modifica la técnica constructiva, si bien de modo me-nos aparente que en otros sectores. Los ma-teriales tradicionales, piedra, ladrillo, ma-dera, son trabajados de manera más racional y distribuidos más libremente; a éstos se unen nuevos materiales como la fundición, el vidrio y, más tarde, el hormigón; los progre-sos de la ciencia permiten poner en práctica de modo más conveniente los materiales, y medir su resistencia; mejoran las instalacio-nes de las obras y se difunde el uso de la ma-quinaria para la construcción; el desarrollo de la geometría permite represerifár en di-bujo, de forma más rigurosa y unívoca, todos los aspectos de la construcción; la fundación de escuelas especializadas provee a la socie-dad de un gran número de profesionales pre-parados; la imprenta y los nuevos métodos de reproducción gráfica permiten una rápida difusión de todos los adelantos. Las nuevas instituciones y los nuevos estilos de vida exigen nuevos tipos de construcción, deri-vados de los precedentes o completamente distintos.
En segundo lugar, aumentan las cantida-des puestas en juego; se construyen calles más anchas, canales más anchos y profundos, creciendo rápidamente el desarrollo de ca-nales y carreteras: el aumento de la pobla-ción y las migraciones de un lugar a otro exi-gen la construcción de nuevas viviendas, en número nunca visto hasta entonces; el cre-cimiento de las funciones públicas requiere edificios públicos mayores, mientras que la multiplicación de las necesidades y el empuje de la especialización requieren edificios de tipología siempre nueva. La economía in-dustrial no podría concebirse sin una base de edificios e instalaciones nuevas —fábricas, almacenes, depósitos, puertos—, que deben construirse en tiempos relativamente cortos, aprovechando el tipo de interés reducido, que permite inmovilizar capital en grandes cantidades en servicios que darán fruto, úni-camente, a largo plazo.
Por último, los edificios y las instalaciones, englobados en la, mutación de la economía capitalista, alcanzan un significado bastante distinto al que tenían en el pasado. No se presentan ya como sistematizaciones defini-tivas, producto del desembolso de un capital a fondo perdido, sino como inversiones pau-latinamente amortizables, igual que los otros medios de producción. Como observa Ash-ton, «un nuevo sentido del tiempo fue una de las características más notables de la revo-lución industrial»; 9 antes, los objetos, modi-ficados muy lentamente, podían conside-rarse, de hecho, inmóviles, pero hoy las exigencias funcionales más concretas y la costumbre de hacer previsiones económicas incluso a largo plazo no permiten que se mantenga tal aproximación. La gente se acostumbra a percibir con agudeza las mo-dificaciones de los valores, y pone atención antes en los aspectos dinámicos que en los estáticos.
Gran importancia tiene, a este respecto, la diferenciación entre edificio y suelo. Mien-tras un edificio era considerado como de du-ración indefinida y el solar quedaba utilizado de modo estable, su valor quedaba, por así decir, incorporado al del edificio; pero si con-sideramos limitada la vida del edificio, el so-lar adquiere un valor económico indepen-diente, variable según las circunstancias, y si la edificación sufre cambios lo bastante fre-cuentes nace un mercado del suelo. Justa-mente en esta época, por influencia de las teorías económicas liberales y por exigencias del erario, el Estado y demás entes públicos enajenan casi por todas partes sus patrimo-nios y el suelo de la ciudad pasa práctica-mente a manos privadas.
Hablaremos, en este capítulo, de los pro-gresos en la técnica constructiva; los otros dos puntos serán tratados a continuación, ya que las consecuencias de los cambios cuantitativos y de la diferente velocidad de las transformaciones se liarán evidentes y se presentarán en forma de problemas nuevos sólo a partir de 1830.
a) Los progresos científicos y la enseñanza
La ciencia de la construcción, tal como la entendemos hoy en día, estudia algunas con­secuencias particulares de las leyes de la me­cánica, y nace, podemos decir, cuando se for­mulan por primera vez dichas leyes, en el siglo XVII; Galileo dedica, en 1638, una parte de sus diálogos a discutir problemas de estabilidad.10
R. Hooke formula en 1676 la célebre ley que lleva su nombre; entre fines del siglo XVII y los primeros años del XVIII gran nú­mero de científicos, entre los que se cuentan Leibniz, Mariotte y Bernoulli, estudian el problema de la tensión debida a la flexión, y Mariotte, en 1684, introduce la noción de eje neutro (es decir, el lugar de las fibras que no están ni comprimidas ni extendidas, en un sólido expuesto a flexión), pero define equi­vocadamente su posición; es Parent quien, en 1713, encuentra la solución correcta.
Entre tanto, la difusión del espíritu cien­tífico y la aspiración de los arquitectos a al­canzar los límites de empleo de los materia­les y de los sistemas constructivos tradicio­nales estimulan diversos tipos de investiga­ciones experimentales.
En Roma se discute sobre las condiciones de estabilidad de la cúpula de San Pedro, y Benedicto XIV encarga al marqués de Po­len¡, físico y arqueólogo de la Universidad de Padua, un estudio sobre el tema, publicado en 1748.
En París se organiza un amplio debate en torno a los trabajos de la iglesia de Sainte­Geneviéve,ii proyectada en 1755 por Soufflot, con el intento de asignar a cada ele­mento tradicional una función estática pre­cisa y las mínimas dimensiones compatibles con tal fLIlICIó11. En esta ocasión se determina el concepto de coeficiente de seguridad y se inventan mecanismo capaces de medir la re­sistencia de los materiales.
Prácticamente contemporáneos son los es­tudios de Coulomb sobre la torsión y sobre el empuje de tierras y bóvedas y el descu­brimiento de una ecuación general para la determinación del eje neutro, siguiendo la teoría de Parent.
Todos los resultados de estos estudios son coordinados y completados en las primeras décadas del siglo XIX por Louis-Marie H. Navier (1785-1836), considerado el fundador de la moderna ciencia de la construcción; en 1826 se publicó el texto de sus lecciones da­das en la Ecole Polytechnique de París.
La ciencia de la construcción, como dice Nervi, «ha democratizado y popularizado el hecho estático», 12 posibilitando a muchos proyectistas afrontar correctamente, con fór­mulas que pueden disponer de antemano, al­gunos temas antiguamente reservados a una minoría de superdotados. Por otra parte, ha supuesto una separación entre teoría y prác­tica, contribuyendo a disgregarla unidad de la cultura tradicional, pero también ha mo­vilizado el repertorio de métodos y formas heredados de la antigüedad.
La investigación científica influye, por otra parte, en las técnicas de construcción, mo­dificando los instrumentos de proyectar; también en esta ocasión las dos principales innovaciones tienen su origen en Francia: la invención de la geometría descriptiva y la in­troducción del sistema métrico decimal.
Gaspard Monge (1746-1818) formula las reglas de la geometría descriptiva, entre los últimos años de la Monarquía y los primeros de la Revolución. 13 Generalizando los métodos introducidos por los tratadistas del Re-nacimiento, Monge expone de forma ri0ti-
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rosa los varios sistemas de representación de un objeto tridimensional en las dos dimen-siones de una lámina; los proyectista,, ponen así un procedimiento universal para deter-minar unívocamente, a través de dibujos, cualquier disposición de los elementos cons-tructivos, por complicada que sea, y los cons-tructores tienen una guía para interpretar. unívocamente los gráficos elaborados.
El sistema métrico decimal es introducido por la Revolución Francesa, en su esfuerzo de cambiar absolutamente todas las institu-
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ciones de la vieja sociedad siguiendo mode-los racionales.
En 1790, Telleyrand presenta a la Asam-blea Constituyente un informe deplorando la variedad y confusión de las viejas unidades de medida, y propone que sea adoptado un sistema unificado. Después de largas discu-siones es nombrada una comisión compuesta por C. Borda, A. Condorcet, J. L. Lagrange, P. S. Laplace y G. Monge para decidir qué
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unidad sea la más adecuada; se discute si se hará referencia al péndulo (dado que su lon-gitud, según la ley de Galileo, es proporcio-nal al tiempo de oscilación) o a una fracción determinada del ecuador o del meridiano, y se propone la 40 millonésima parte del me-ridiano terrestre. Los trabajos de medida, confiados a una comisión geodésica, duran hasta 1799, mientras otra comisión decide las reglas necesarias para determinar las res-tante unidades, proponiendo en 1795 el sis-tema métrico decimal. El metro patrón, rea-lizado en platino de acuerdo con las medidas realizadas, se deposita en el museo de Artes y Oficios de París el 4 de messidor del año VII (22 de junio de 1799), y el nuevo sistema es implantado obligatoriamente en Francia en 1801.
Napoleón no ve con buenos ojos esta in-novación, revocándola en 1812, pero las exi-gencias de uniformidad y exactitud que in-dujeron a los revolucionarios a instituir una nueva unidad de medida se hacen más evi-dentes con el desarrollo de la industria, y son muchos los Estados que se avienen al sis-tema métrico decimal: Italia en 1803, Bélgica y Holanda en 1820 y, a partir de 1830 los Es-tados sudamericanos, en 1840 se restablece el sistema en Francia. El patrón definitivo es construido en 1875, y el 20 de mayo del mismo año se ratifica la Convención Inter-nacional del Metro, a la que se van adhi-riendo paulatinamente todos los países, salvo los anglosajones y algunos otros.
La adopción de un sistema unificado faci-lita la difusión de los conocimientos, los in-tercambios comerciales, y procura a las téc-nicas de construcción un instrumento ge-neralizado, cuya precisión puede llegar hasta donde sea preciso, de acuerdo con las exi-gencias cada vez más rigurosas de los nuevos procedimientos. Al mismo tiempo, influye en el proyecto e «introduce una cierta desin-tegración en la arquitectura», como decía Le Corbusier, 14 porque se trata de una medida convencional, que no tiene en cuenta al hombre, mientras que las antiguas medidas —pies, codos, etc.—, hacían siempre cierta referencia a la estatura o medidas humanas.
Francia, que está a la vanguardia del pro-greso científico, sirve también de modelo en la organización didáctica.
La enseñanza de la arquitectura se im-parte durante el anclen régime en la Acadé-mie d'Architecture, fundada en 1671. Esta institución goza de gran prestigio, y se preo-
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cupa de conservar la tradición clásica fran-cesa y el grand goCa, pero manteniéndose abierta a las nuevas experiencias y al pro-greso técnico, discute las teorías racionalistas y participa con viveza de la vida cultural de su época.
Entre tanto, los encargos siguen aumen-tando en complejidad y extensión, lo que fuerza a la administración del Estado a for-mar personal técnico especializado; las tra-diciones humanísticas de la Academia y de su escuela no son las más adecuadas para formar técnicos puros, por lo que en 1747 se inaugura la Ecole des Ponts et Chaussées, para preparar el personal del Corps des Ponts et Chaussées, fundado en 1716, y en
1748 se instituye la Ecole des Ingénieurs de z~
Méziéres, de la que salen los officiers de Ge­me. La enseñanza se fundamenta sobre una rigurosa base científica.
Por primera vez se establece la dualidad «íngertiero», «arqluitecto»; por el momento, el brillo de la Academia hace sombra a las prosaicas escuelas de caminos y puentes y de Méziéres, y los ingenieros parecen destina­dos a ocuparse de temas secundarios; sin em­bargo, el progreso de la ciencia actúa de tal modo que amplía el campo de atribuciones de los ingenieros y restringe el de los arqui­tectos. La Academia llega a un punto en el que comprende que las disputas sobre los respectivos papeles de la razón y del senti­miento en el arte no son sólo discursos teó­ricos, sino signos de una irresistible revolu­ción cultural y organizativa, llegando a encerrarse poco a poco en la defensa a ul­tranza del «arte» contra la «ciencia».
La intervención de la Revolución cambia aún más la situación. La Academia de ar­quitectura, como la de pintura y escultura, es suprimida en 1793; la escuela es mantenida provisionalmente y, cuando en 1795 se forma el Instituí para sustituir a las viejas acade­mias, la escuela pasa a depender de la sec­ción de arquitectura de la nueva corpora­ción.
El control de los trabajos para la adminis­tración estatal pasa, sin embargo, al Conseil des Bátiments civils, que organiza una es­cuela propia «para los artistas encargados de dirigir las obras públicas». Por otra parte, con la supresión de la Academia, el título de arquitecto pierde todo valor discriminante; previo pago de una tasa, cualquier persona con deseos de dedicarse a la arquitectura puede hacerse llamar arquitecto, sin impor­tar para nada los estudios realizados.
Estas disposiciones empobrecen el presti- Cio, ya escaso, de los arquitectos, al tiempo1, que queda reforzada la postura de los inge­nieros, al reunir todas las enseñanzas especializadas en una organización única. Entre 1794 y 1795 se funda la Ecole Polyteclinicluc, utilizando en buena parte el personal de la escuela de Méziéres; la escuela acoge a un número limitado de jóvenes, después de ha­ber realizado un severo examen y de haber demostrado su «inclinación hacia los princi­pios republicanos»; estudian en común du­rante un bienio, luego pasan a las escuelas de especialización: la Ecole des Ponts et Chaus­sées de París, la Ecole d'Application d'Arti­llerie et de Génie Militaire de Metz, la Ecole des Mines de París, la Ecole du Génie ina­ritime de Brest. El plan de estudios, basado en las matemáticas y en la física, es fijado por Monge.
El ejemplo francés es seguido por muchos otros Estados continentales; en 1806 se funda una escuela técnica superior en Praga, en 1815 en Viena, en 1825 en Kar1srulic. El plan de estudios —en estas como en otras escuelas que vendrán— se adapta siempre al modelo parisiense.
Es excepción Inglaterra, donde la ense­ñanza técnica sólo va a ser organizada seria­mente en el último decenio del sido XIX. Los protagonistas de la Revolución indus­trial son, en su mayoría, autodidactos --como George Stephenson, que no apren­dió a leer y escribir hasta la edad de 18 años—,15 o sale de las academias fundadas por el celo de los inconformistas, como Boul­ton, Roebuck y Wilkinson, junto con Defoe N, Malthus.16 La Institution of Civil Engi­ncers, fundada en 1818, no contó más que tres graduados de entre sus diez presidentes.
Por esta razón y debido al carácter menos rígido de la sociedad inglesa, el contraste en­tre ingenieros y arquitectos no llega a ser tan
11marcado como en el continente; los arqui­tectos son menos celosos de sus prerrogati­vas culturales, y unos y otros pasan frecuen­temente de un tipo a otro de proyectos. Th. Telford, antes de dedicarse a los puentes y a las carreteras construye casas en Edimburgo, entre 1780 y 1790; John Nash no desdeña di-señar un puente de, hierro; I. K. Brunei, el autor del célebre puente colgante de Bristol, es también constructor de barcos de vapor y, más tarde, un tipo de arquitectura represen-tativa como es el Cristal Palace, es encargado a un jardinero como J. Paxton.
De todas formas, también en Inglaterra los progresos de la técnica acaban por res-tringir las atribuciones tradicionales del ar-quitecto, y hacen caer una parte siempre cre-ciente de los encargos profesionales en manos de los técnicos especializados; esto se hace evidente sobre todo a partir de 1830, cuando la sociedad transformada por la re-volución industrial se va asentando en for-mas más estables.
b) Elperfeccioiiai2,,,ieizto de los sistemas constructivos tradicionales
Una de las principales preocupaciones de gobernantes y empresarios en el siglo XVIII, es la realización de nuevas y eficientes vías de comunicación: carreteras y canales.
En Francia, la Monarquía dedica gran atención a la vialidad; los caminos reales, de acuerdo con la reglamentación de Colbert, son con frecuencia 1TI'M, anchos —de trece a veinte metros—, más por razones visuales que por exigencias del tráfico, y trazados con extrema regularidad, con frecuencia en línea recta de un centro a otro; una ordenanza del año 1720 recomenda que las carreteras sigan «la línea más recta posible, por ejemplo de campanario a campanario» .i7 No tan per-fecta es su calidad: el empedrado y el firme, realizados con métodos tradicionales, exigen reparaciones muy frecuentes que debe llevar a cabo la población del territorio atravesado, según el sistema de las coivées,- representa una de las cargas más gravosas para los tra-bajadores franceses, ya que las prestaciones varían de treinta a cincuenta jornadas anua-les.
En Inglaterra, hasta mediados del siglo XVIII, la red viaria es casi impracticable: mejora a partir de 1745, cuando el Parla-mento empieza a promulgar las Turnpikc Acis, que permiten construir y mantener ca-rreteras a los particulares, exigiendo a los usuarios el pago de un peaje. Así, los costes de este servicio público gravan sobre los par-ticulares interesados en mantener las carre-teras en buen estado. Las Turnp¡ke Acts del último tercio del siglo XVIII son más de 450; los proyectistas son todavía unos empíricos que siguen métodos tradicionales, y entre ellos destaca la figura de John Metcalf (1717-1810), uno de los más extraordinarios entre los versátiles personajes de la época. Ciego desde los seis años, lo que no le impide pasar por varios oficios: músico ambulante, direc- tor de peleas de gallos, comerciante de ca-ballos, sargento alistados, comerciante en te-las de algodón, contrabandista de té y de aguardiente, ente, piloto de diligencias, hasta que en 1765 decide dedicarse a la construcción de carreteras y, personalmente, proyecta más de 180 millas. Una figura del mismo tipo es James Brindley (1716-1772), analfabeto, constructor de molinos que realiza en 1759 el primer canal navegable importante de In-glaterra, para el duque de Bridgewater.
Hacia finales de siglo, los ingenieros sur- ¿~ z~
gidos en el nuevo clima científico ocupan el lugar de estos proyectistas irregulares. En Francia, P. M. J. Tréssaguet (1716-1796), en Inglaterra Thomas Telford (1757-1834) y John Macadam (1756-1836) introducen me-joras técnicas decisivas. Tréssaguet es fun-cionario de profesión en Limoges: Telford, hijo de un pastor escocés, es una de las per-sonalidades de mayor relieve en la historia de la ingeniería, y volveremos a encontrar su nombre al hablar de los puentes de hierro. Macadam es un comérciame, después oficial durante las guerras napolcánicas, y única-mente en su madurez se dedica a la construcción de carreteras; es él quien da el paso técnicamente más importante, aboliendo los cimientos de piedras y sugiriendo el uso de un estrato superficial lo más impermeable posible al agua, compactándolo con polvo de materiales calcáreos; esta innovación dismi­nuye sobremanera el costo de las carreteras, y el macadam --como todavía se llama a este método— se convierte en algo de uso co­rriente.
Mientras, los progresos de la geometría descriptiva logran dar una forma satisfacto­ria a los proyectos, que en principio trope­zaban con dificultades de representación in­superables, y debían ser definidos en la práctica, en el momento de la ejecución; se aprende a representar el terreno con curvas de nivel, y a finales de 1791, Monge propone un método científico para calcular los trans­portes de tierra.
La construcción de carreteras y canales se intensifica en los primeros años del XIX; mientras que los gobiernos se preocupan de modo especial de las carreteras, que cum­plen, a la vez, funciones comerciales y estra­tégicas —es conocido el vasto programa vial realizado por Napoleón— los canales son frecuentemente construidos por los particu­lares, por necesidades estrictamente econó­micas: son las principales vías de transporte para las materias primas necesarias a la in­dustria y para las mercancías que salen de las fábricas.
Las nuevas construcciones viarias entre fi­nales del siglo XVIII y principios del XIX re­quieren una gran cantidad de nuevos puen­tes, con frecuencia de enorme luz. Este tema estimula, más que cualquier otro, el progreso de los métodos tradicionales de construcción en madera y en piedra tallada, y requiere el empleo de nuevos materiales: el hierro y la fundición.
Los nuevos conocimientos científicos per­miten utilizar los materiales al máximo de sus posibilidades, v la experiencia así adqui­rida es aprovechada en gran número de te­mas más propiamente de edificación.
El uso de la madera en los puentes y en las grandes cubiertas tiene una tradición inin­terrumpida desde el Medievo, y ha produ­cido obras insignes y aparatosas que, sin enibarg_o, no se apartan de los principios es­táticos elementales: la viga, la viga en celosía, la cercha, el arco. En el siglo XVI Palladio formula una teoría de las vigas reticulares, pero son escasas las aplicaciones; ahora este concepto es usado de nuevo por los cons­tructores suizos, y permite a Johann U. Gru­beiriann (1710-1783) llevar a cabo puentes de luz muy grande: el puente sobre el Rin, en Schaffhausen, con dos arcos de 59 metros de luz cada uno, y aquel otro sobre el Lim­mat de Wettingen (1777-1778) con un solo arco de 119 metros; por desgracia, este úl­timo fue destruido en 1799 por razones bélicasis (fig. 5).
En América, en 1804, se construyo un puente de 104 metros sobre el Schuylkill, cerca de Filadelfia; en este mismo año, Burr realiza el puente de Trenton, sobre el Dela­ware, con dos arcos de 59 y 61 metros. En 1809, Wiebeking —un ingeniero formado en Francia— realiza el puente sobre el Regniz en Bamberg, de 71 metros.
En Francia, mientras tanto, la construc­ción en fábrica de sillería alcanza el más alto grado de perfeccionamiento, y los construc­tores franceses sirven de ejemplo a toda Eu­ropa, como en los tiempos del gótico. Tam­bién en este campo la obra de los ingenieros salidos de la Ecole des Ponts et Chaussées es determinante.
Jean-Rod. Perronet (1708-1794), director de la escuela parisiense desde su fundación (1747), renueva la técnica de los puentes de fábrica; es el autor del puente de Ncuilly (1768), del puente de la Concordic (fig. 6), acabado poco antes de la Revolución, al igual que de otros muchos en varias ciudades de Francia; él mismo se ocupa también de trabajos viarios, construye el canal de 130111-- (100110 y parte de las alcantarillas de París.



























5. El puente sobre el Limmat en Wettingen (J. U. Grubemann, 1777; del Traité de J.-B. Rondelet, lámina 103)
























































































6.-París, el puente de la Concordia (J. R. Perronet, 1787)























































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7. Representación de la talla de las piedras (del Traité de J.-B. Rondelet, lám. 40)























































Muchas de las innovaciones introducidas por Perronet se encuentran todavía hoy en uso: el arco circular rebajado, la irtiposta más alta que el máximo nivel de las crecidas y los pi­lares de reducidas dimensiones que soportan únicamente cargas centradas; buscando ali­gerar las estructuras, descompone también —en el puente de Saint-Maxence— los pi­lares en grupos de columnas, y proyecta idéntica disposición para el puente de la Concordia, pero se ve obligado a renunciar a causa de la hostilidad de sus colegas. Tra­tando de aproximarse todo lo posible al lí­mite de resistencia de los sistemas construc­tivos, es objeto de críticas constantes; las crónicas cuentan que un miembro de la Asamblea de carreteras y puentes, en 1774, exclamó irritado: «¡Ah, maldita 11,ocreza! ¿Será, pues, necesario que se establezcan para siempre tu culto y tus altares en el seno de mi patria?».19
La «ligereza» de losuentes de Perronetp se consigue cuidando al máximo el aparejo, las cimbras y los cimientos. En esa época Rondelet y otros dan forma científica a la es­tereotomía —«el arte de tallar las piedras se­gún una forma dada»— 20 fundada en los principios de la geometría descriptiva de Monge; cualquier jun ta o combinación de los elementos de piedra puede ser representado exactamente y puesto en obra, por compli­cado que sea (fig. 7).
Las obras de Perronet —puentes y cana­les, con todas sus particularidades construc­tivas— se publican en 1782 en una serie es­pléndida de láminas-, en 1788 se reimprime el volumen, al que se añaden. otros proyectos y dos memorias sobre las cimbras y los movi­mientos de tierr-,is.2' Durante la Revolución,

































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S. París, iglesia de Sainte-Geneviéve (J. G. Soufflot, 1755)












































el anciano constructor se dedica a estudios teóricos, publicando en 1793 una Memoria sobre la búsqueda de los medios necesarios para construir grandes arcos de piedra de doscientos, trescientos, cuatrocientos Y hasta quinientos pies de luz.
c) Los nuevos materiales
Desde antiguo se ha venido usando el hie-rro y el vidrio en la construcción, pero sólo a partir de esta época los progresos técnicos permiten extender sus aplicaciones, al intro-ducir conceptos totalmente nuevos en la téc-nica constructiva.
El hierro es usado, en un principio, úni-camente en funciones accesorias: cadenas, ti-rantes, y para unir entre sí los sillares, en la fábrica de sillería. Así, por ejemplo, en el pronaos del Pantheon de Soufflot, cons-truido por Rondelet en 1770, la estabilidad de la cornisa está, en realidad, asegurada por una tupida red de barras metálicas, dispues-tas racionalmente, de acuerdo con los diver-sos esfuerzos, casi como la armadura de una obra moderna en hormigón armado22 (fig. S).
En el mismo período llega a usarse tam-bién el hierro en algunas cubiertas poco car- ,, -
adas, como la del Théátre Francais de Bur1 deos, obra de Victor Louis (1786). Sin embargo, estos sistemas se ven limitados de forma insuperable por el escaso desarrollo de la industria siderúrgica. En Inglaterra tie-nen lugar los avances decisivos, que perini- ten, a fines del siglo, aumentar la producción de hierro hasta el nivel necesario para las nuevas exigencias.
ZI
Los minerales de hierro se fundían, tradi-cionalmente, con carbón vegetal; luego se re-fundía el producto y se colaba en los moldes,para obtener el hierro de fundición, o se for­jaba para tener el hierro dulce. En una época imprecisa, en los primeros decenios del siglo XVIII, Abraham Darby, de Coalbrookdale, reemplaza el carbón vegetal por el coque, y mantiene en secreto el procedimiento, con­fiándolo a sus descendientes. En 1740 Hunts­mann, un relojero de Sheffield, logra fundir el acero en pequeños crisoles, obteniendo un material muy superior al conocido hasta en­tonces.
Desde mediados del siglo, estos progresos son del dominio público, y la necesidad de armas para la guerra de los Siete Años fa­vorece la creación de gran número de nuevas instalaciones, entre las que se encuentra la de John Wilkinson (1728-1808) en Broseley. Wilkinson es la principal figura en la historia de las aplicaciones técnicas del hierro: él ayuda a Boulton y a Watt a perfeccionar la máquina de vapor, aplicando su patente para el taladrado de cañones al cilindro del nuevo aparato; introduce en Francia la primera má­quina de vapor, y no deja nunca de estudiar sistemas nuevos para explotar industrial­mente el hierro de fundición. Cuando muere, en 1808, se le entierra en un ataúd de fundición y se le dedica un obelisco del mismo material en Líndale.
A Wilkinson se debe, probablemente, la idea del primer puente de hierro, que se construye entre 1777 y 1779 sobre el Severn, cerca de Coalbrookdale. 23 El diseño es pre­parado por el arquitecto T. F. Pritchard de Sherwsbury; el arco, de medio punto de 100 pies de luz, está formado por la unión de dos semiarcos de una sola pieza, fundido en la cercana fábrica de los Darby (figs. 9 y 10).
En 1786, Tom Paine (1737-1809) —que más tarde se hará famoso como escritor po­lítico— diseña un puente de fundición sobre el río Schuylkill, y va a Inglaterra a paten­tarlo y encargar la construcción de sus piezas en la Rotherham Ironworks. La fundición de los elementos del puente se realiza en Paddington, y se exponen al público, previo pago, pero al estallar la Revolución Fran­cesa, Paine parte hacia París y deja el puente en manos de los acreedores; las piezas son adquiridas por Rowland Burdon que cons­truye sobre el río Wear en 1796 el puente de Sunderland, con la considerable luz de 236 pies (fig. 11). En el mismo año, Telford cons­truye un segundo puente sobre el Severn, en Buildwas, con una longitud de 130 pies y un peso de 173 toneladas, en lugar de las 378 del primer puente de Coalbrookdale.
Los puentes de Paine y de Telford se cons­truyen según un sistema bastante distinto al de Wilkinson. Las arcadas se componen de un gran número de sillares de fundición, apa­rejadas como los sillares de piedra; natural­mente, la mayor resistencia del nuevo ma­terial permite luces mayores, menores pesos —los sillares están formados por armazones huecos— y una ejecución mucho más rápida porque los diversos componentes vienen ya montados desde la fundición.
En 1801, Telford propone la sustitución del puente de Londres por un único arco de fundición de 600 pies de longitud, el pro­yecto es abandonado, pero no porque se dude de su posibilidad técnica o de su con­veniencia económica, sino por la dificultad que representa expropiar terrenos a ambos lados del puente.
En los primeros treinta años del siglo XIX, Telford adoptará la fundición para llevar a cabo numerosos puentes, puentes canales y puentes acueductos; trabajan con él J. Ren­me y J. Rastrick. También John Nash (1752­1835) se forma en la construcción de un puente para un cliente privado; se viene abajo apenas construido, pero el cliente no se da por vencido y le hace construir otro en 1797, que permanece en pie hasta 1905. Se supone también que Nash tuvo parte en el proyecto del puente de Sunderland.
Mientras tanto, se generaliza el uso de la fundición en la edificación; columnas y vigas de este material forman el esqueleto de- mu­chos edificios industriales, permitiendo cu­brir grandes espacios con estructuras relativamente ligeras y no atacables por el fuego. Es conocido el proyecto de la fábrica de hi­lados de algodón Philip & Lee, en Manches­ter, construida por Boulton y Watt en el año 1801.11
Un viajero francés, de paso por Inglaterra, escribe:
Sin el hierro y la fundición todas estas cons­trucciones tan bien aireadas e iluminadas, tan li­geras en apariencia, y que soportan, sin embargo, pesos enormes, como los almacenes de seis pisos del dock de Santa Catalina de Londres, serían gruesas y oscuras bastillas, con pesadas y feas vi­gas de madera, o con muros y contrafuertes de la­drfllos. 25
J. Nash usa la estructura de fundición para el pabellón real de Brigthon, en 1818 (fig. 14); se emplean rejas, barandillas, verjas y adornos de fundición, cada vez con mayor frecuencia, en construcciones corrientes y hasta en obras representativas, como en el zócalo de la Carlton House Terrace, en el año 1827.26 Los adornos en fundición de esta época —últimos decenios de 1700 y pri­meros de 1800— son, con frecuencia, de magnífica factura y bastante superiores a los que se comercializarán en el período si­guiente. Son los mejores artistas, como Ro­bert Adam, a veces, quienes realizan los di­seños.
Todo este tipo de aplicaciones ha sido po­sible debido al extraordinario desarrollo de la industria siderúrgica inglesa. En las nacio­nes del continente tal industria es todavía in­cipiente y a lo largo de todo el siglo XVIII las aplicaciones del hierro y de la fundición

































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9. El puente sobre el Severn en Coa!brookdale (1777; Rondelet, láni. 15-")

































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10. El puente de coalbrookdale













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11. El puente sobre el Wear en Sunderland (1796; Rondelet, láni. 158)
12. El puente sobre el Támesis en Staines (1802; Rondelet, láni. 159)
13. Berlín, proyecto para el Marschallbrücke (K. F. Schink-el, 1818)
14. Brighton, el pabellón real (J. Nash, 1818)












































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15, París, el Pont des Arts (1803)






















son limitadas; únicamente pueden contra-ponerse a los numerosos y atrevidos puentes ingleses algunos pocos puentes sin grandes pretensiones, como el de Laasan, de 19 me-tros, construido en 1796 por el conde Von
Burghaus, o algunos puentes realizados en z,
jardines franceses.
El régimen napoleónico alienta, en los pri-meros años de 1800, a la industria siderúrgica francesa; desde 1789 a 1812, la producción de hierro crece de 115.000 a 185.000 toneladas. Se posibilita, así, la realización en hierro de obras de gran envergadura: el Pont des Arts, llevado a cabo entre 1801 y 1803 por los in-genieros De Cessart y Dillon (fig. 15) y la cú-pula de la sala circular de la Halle au Blé de París, construida por Franffis J. Bélangor (1744-1818) en 1811.27 Tampoco Perder y Fontaine, como los arquitectos ingleses, des-deñan la oportunidad de. emplear la fundi-ción en multitud de aplicaciones secundarias y decorativas.
A partir de la Restauración se extiende en Francia el uso del hierro a un gran Iran número de edificios. En 1824, Vignon construye con hierro la cubierta del mercado de la Ma-deleine; en 1830, Lenoir realiza en París un bazar totalmente de hierro; en 1833 A. R. Polonceau (1778-1847) hace el puente del Carrousel, en fundición; en 1837, la cu-bierta de madera de la catedral de Chartres es sustituida por una estructura de hierro re-vestida de cobre. En 1836 hace su aparición el Traité des constructions et poteries en fer, de Eck, y en 1837 Polonceau inventa la ar-madura que lleva su nombre.
A finales del siglo XVIII toma cuerpo la idea de los puentes colgantes de cadenas de hierro, que se adaptan mejor que los de fun-dición a las grandes luces, y ofrecen una ma-yor elasticidad frente a los esfuerzos diná
MiCOS.28
El primer ejemplo conocido es una pasa-rela peatonal, de 70 pies, sobre el río Tees (1741). Se pueden encontrar varios ejemplos en América, en el último decenio del siglo XVIII. Telford, en 1801, tiene la idea de levantar un puente colgante sobre el estrecho de Menai, en Gales, pero las realizaciones no tienen lugar, en la práctica, hasta después de la crisis del bloqueo napoleónico. En 1813, Samuel Brown, capitán de la marina inglesa, construye un puente sobre el Twced, de 110 metros, considerado como el prototipo de los puentes colgantes europeos; entre 1818 y 1826, Telford lleva a cabo el puente sobre el Menai, de 176 metros, y, en el mismo año, otro análogo, aunque de menos luz, sobre el Conway (fig. 16). En 1823, Navier, tras mu­chas dificultades, construye el Pont des In­valides; en 1825 —con el puente de Tournon, sobre el Ródano— comienza su actividad Marc Séguin (1786-1875), fundador de una empresa que lleva a cabo, en Francia, más de 80 puentes colgantes; en 1834 concluye la construcción del puente sobre el Sarine, en Friburgo, obra del francés Charley, que, con sus 273 metros de luz, es el más largo de los realizados hasta entonces en Europa; en 1836 Isambard K. Binad (1806-1859) cons­truye el puente sobre el Avon, en Bristol, de 214 metros, considerado como la obra maes­tra de la ingeniería ochocentista (fi- 17).
t, C
La industria del vidrio hace grandes pro­gresos técnicos en la segunda mitad del siglo XVIII, y en 1806 está capacitada para pro­ducir hojas de vidrio hasta de 2,50 X 1,70 metros. Sin embargo, en Inglaterra —que es el mayor productor— las exigencias fiscales durante la guerra napoleónica ponen gran­des trabas a las vidrierías, y tan solo después del tratado de paz la producción puede se­guir su desarrollo.
El consumo inglés de hojas de vidrio pasa, entre 1816 y 1829, desde 10.000 a 60.000 quintales, aproximadamente, al mismo tiempo que los precios disminuyen; se uni­versaliza el uso del vidrio para los cerra­mientos y se empiezan a experimentar apli­caciones más ambiciosas, asociando el vidrio al hierro para obtener cubiertas translúci­das.
Se usan grandes lucernarios de hierro y vi­drio en numerosos edificios públicos, por ejemplo en la Madeleine de Vignon; en 1829, Perder y Fontaine cubren con vidrio la Ga­lerie d'Orléans del Palais Royal, prototipo de las galerías públicas ochocentistas. Se em­plea el vidrio en la construcción de algunos grandes invernaderos: por Rouhault, en el Jardín des Plantes de París en 1833; por Pax­ton en CliatsNvortl-, en 1837; por Burton en los Kew Gardejis en 1844. A veces, los vi­veros se convierten en lugares de paseo, como los Chames Elysées de París (fig. 18). Las primeras estaciones de ferrocarril, que requieren grandes cubiertas de vidrio, y las nuevas tiendas, con sus grandes escaparates, acostumbran a los arquitectos a proyectar paredes totalmente de dicho material.












































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16. El puente sobre el estrecho de Conway (1826; Rondelet, Jáni. (J)
17. El puente sobre el Avon en Bristol (1836)












































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18. París, el Jardin d'Hiver en los Chames Elysées (de E. Texier, Tablean de París, 1853)













































































FI Palacio de Cristal, de Paxton, en 1851, recoge todas estas experiencias e inaugura la serie de los grandes pabellones acristalados para exposiciones, que seguirá en la segunda mitad del siglo XIX.
d) Los progresos técnicos en la construcción, de edificios comunes
Existe gran cantidad de información sobre las construcciones de gran envergadura, pero sin embargo, escasean datos suficientes para enjuiciar los cambios de la técnica construc­tiva en las edificaciones corrientes y vivien­das que la revolución industrial va amonto­nando en torno a las ciudades.
Corrientemente se tiene la idea de que los ,métodos constructivos han permanecido in­variables (en la historia de la urbanística de Lavedan: «podemos encontrar un número considerable de progresos técnicos en el ori­gen de las transformaciones industriales, pero ni uno, por así decir, tiene que ver con las viviendas: en el siglo XIX, se construye como en el XVIII o como en el Medievo» 21)
e incluso se tiene la idea, partiendo de las de­nuncias realizadas por los higienistas y por los reformadores sociales del siglo XIX, de que la, calidad de las viviendas ha empeorado como consecuencia de la prisa de las exigen­cias de la especulación. Probablemente, am­bos tópicos sean ciertos.
El espíritu enciclopedista del 'XVIII orienta su curiosidad hacia todo tipo de apli­caciones técnicas, con independencia de la importancia que la cultura tradicional asigne a cada una. Arquitectos célebres se ocupan de modestas invenciones, como Boffi-and que perfecciona la amasadora de cal, y Patte que inventa dispositivos para disminuir los riesgos cle incendio. La Encyclopédie (1751­1772) publica, en extracto, los artículos re­lativos a la técnica constructiva corriente, con vistas a mejorar la preparación de los constructores.












































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19. Forjados de madera, del Traité de G. Rondelet (laminas 85 y 87)
Mientras tanto cambia, por diversos mo-tivos, el empleo de los materiales tradicio-nales. Se P1-0(-Jucci, industrialmente ladrillos Y madera para las obras, de mejor calidad, NI la red de canales permite el transporte con 1 POCO gasto, lo, deshaciendo así las diferencias de aprovisionamiento entre un sitio y otro.
Se generaliza en este período el uso del vi-drio P¿ii.j, las ventanas, el, lugar del papel (a fines del siglo XVIII aún existían en, Francia las corporaciones de los chássessiciers, que se dedicaban a poner papel parafinado en la ventanas) y de la pizarra o arcilla cocida para los tejados en vez de la paja. Se usa en gran cantidad hierro y fundición, allí donde es posible hacerlo: en los accesorios de los cerramientos, en las barandillas, en las verjas (fig. 20) y, a veces, también en la estructura portante (fig. 21).
Los forjados de los edificios comunes es­tán sostenidos, normalmente, por vigas de madera, dispuestas de varias maneras (fig. 19). J. B. Rondelet (1743-1829), en su Traité de 1802, compara el hierro dulce a la nia­ dera, afirmando que el primero puede usarse sustituyendo al scmindo. De todas formas, el hierro en vigas, de sección rectangular, no es apto, evidentemente, para sustituir a la ma­dera, porque la mayor rigidez no compensa el mayor peso. Prosigue: «Para no tener que emplear gruesas Ibarras, se ha pensado en una especie de cuchillos o armaduras, que proporcionan al hierro mayor rigidez, aumentando su fuerza en proporción geomé-trica al peso» y describe un sistema ideado por M. Ango, formado por la asociación de
dos barras, una ligeramente arqueada y la C
otra tensa como una cuerda bajo la anterior.
Los comisarios nombrados por la Academia Real de Arquitectura para examinar un forjado de 19 pies de largo por 16 de ancho, realizado se-gún este método en Boulogne, cerca de París, se expresan del siguiente modo con fecha 13 de julio de 1785: «Lo hemos encontrado muy sólido, sin grietas y estable ante cualquier presión que se haga saltando sobre él.» Pueden encontrarse los detalles en la Encyclopédie, buscando los artícu-los bóvedas y forjados de hierro. Su informe ter-mina del siguiente modo: «Es de desear, por tanto, que el método de M. Ango sea llevado a la práctica por todos los constructores, a fin de que un gran número de ejemplos venga a confirmarla buena opinión que nos hemos formado en la prueba que relatamos.»
Rondelet confirma este parecer con sus cálculos y da el diseño de un forjado de hie-rro con relleno de ladrillos, de 20 pies de luz. «El resultado de estos experimentos es que los cálculos que hemos expuesto pueden ser aplicados a todo tipo de armadura, tanto para bóvedas como para forjados de hie-rro o cualquier otra obra del mismo tipo» 31 (fig. 21).
En 1789, N. Goulet prueba un sistema análogo en una casa de la rue des Marais, es-pecialmente con la idea de evitar los incen-dios: dispone, entre las vigas de hierro, bo-vedillas de ladrillos huecos, y sustituye los tradicionales parquets con un solado cerá-mico. Recomienda también que se sustituya la madera de puertas y ventanas con hierro o cobre. 32
Pero la crisis económica que sigue a la Re-volución Francesa interrumpe estos experi-mentos. No hay manera de encontrar meta-les, y en 1793 el arquitecto Cointreaux envía una Memoria a la Convención, pidiendo que, se prohiba el uso del hierro en la construc-ción, excepto en las corraduras.33
En el siglo XIX vuelven los intentos de usar el hierro en los forjados; pero sólo se llega a una solución satisfactoria en 1836, cuando las fábricas comienzan a producir in-dustrialmente las vivas de hierro de doble T. Desde este momento los forjados con vigas de hierro sustituyen paulatinamente a los antiguos tablados de madera.
Es preciso que tengamos también en cuenta la marcha de los precios. Los mate-riales de construcción se abaratan casi en to-das partes, una vez pasadas las perturbacio-nes de las guerras napoleónicas; así, es posible usar en construcciones populares los materiales anteriormente reservados a las construcciones para las clases superiores. Los salarios de los trabajadores van, por el contrario, en constante aumento; también este hecho contribuye al progreso técnico, puesto que los contratistas reciben de buen
grado cualquier invento que permita simpli-ficar la ejecución y ahorrar mano de obra, aunque sea aumentando, eventualmente, los costes de los suministros.
En conjunto, las casas de la ciudad indus-trial son más higiénicas y confortables que las que conoció la generación precedente; el descenso de la mortalidad infantil no deja dudas al respecto. Naturalmente, existen grandes diferencias de lugar a lugar y de época a época; como ha sucedido siempre, se construyen también tugurios inhabitables, descritos con vivos colores por las encuestas inglesas y francesas entre 1830 y 1850.
Al valorar estas descripciones es preciso no perder de vista que, casi siempre, las peo-res construcciones dependen de circunstan-cias excepcionales, corno ocurre en Inglate-rra durante las guerras napoleónicas. Por otra parte, si las quejas por las malas vivien-das son más frecuentes en esta época, no es tanto porque su calidad sea peor que antes, sino porque se las compara a un standard cada vez más elevado. El aumento del nivel de vida y la nueva mentalidad vuelven into­lerables inconvenientes aceptados como ine­vitables un siglo antes.
La garra de las encuestas de Chadwick o del conde de Melun está en la convicción de que las miserias constatadas no son un des­tino inevitables, sino que pueden eliminarse usando los medios' de que se dispone. Como indica Tocqueville, «el mal que se toleraba pacientemente como inevitable, parece im­posible de soportar desde el momento en que nos hacemos a la idea de que podemos escapar de él». 34
Para emitir juicio justo sobre las casas donde habitaron las primeras generaciones industriales será necesario que distingamos la calidad del edificio aislado y el funciona­miento del barrio y de la ciudad; la edifica­ción paleoindustrial entra en crisis, sobre todo, desde su vertiente urbanística, como se verá en el capítulo siguiente.
e) Las nuevas tipologías de la construcción
Además de las distintas transformaciones de las técnicas de la contrucción —es decir, de todos los medios disponibles para la rea­lización de la escena urbana —es necesario tomar en consideración la mutación de la ti­pología de la construcción, impuesta por las nuevas condiciones económicas y organiza­tivas.
Las innovaciones en las relaciones públi­cas y privadas, introducidas en Francia, de forma apresurada, por la Primera República y por el Primer Imperio, pero ya preparadas por los regímenes anteriores y difundidas, con distintas modalidades, en todos los paí­ses industrializados —el catastro, las orde­nanzas, las comisiones, la secularización de los bienes eclesiásticos, las nuevas institucio­nes públicas en el campo de la administra­ción
5n central y local, de la educación de la sa­nidad, del orden público, de las finanzas, de los abastecimientos, de las sepulturas—transforman la utilización de las construccio­nes existentes y exigen la realización de nue­vos edificios, derivados, en parte, de los mo­delos tradicionales y, en parte, inventados a propósito: parlamentos, ayuntamientos, edi­ficios administrativos, teatros, museos, bol­sas, hospitales, bancos, cárceles, mercados, cementerios (a los que más tarde —al intro­ducirse otras funciones— se añadirán escue­las, estaciones de ferrocarril, etc.)35
Los Estados representativos deben cons­truir, en primer lugar, sus sedes para las asambleas parlamentarias que, por su propia entidad, no encuentran un lugar adecuado en los palacios del antiguo régimen. En Francia, después de 1790, se toma la decisión de ubicar la asamblea constituyente en un nuevo edificio, situado dentro del área de la Bastilla o entre el Louvre y las Tuileries; pero, en 1795, se toma otra resolución, la de instalar a los Quinientos en el palacio Bour­bon, al que se le añade una gran sala semi­circular (de Gisors y Leconte) y, en 1806, una fachada monumental (de Bernard Po­yet) (fig. 22). En Inglaterra, John Soane pro­yecta, en 1794, una ampliación del palacio de Westminster que se utilizó hasta el incendio de 1834. En América, después de la guerra de independencia, se construyen los Capi­tolios para los distintos estados y para el go­bierno federal de Washington. Las oficinas de la administración se ubican en edificios antiguos, pero a partir de un determinado momento se necesitan grandes edificios es­pecializados, como la Somerset House de Londres (W. Chambers, 1776) y el Almiran­tazgo de San Petersburgo (A. D. Zacharov, 1806). En las ciudades más pequeñas se construyen los ayuntamientos para las nue­vas administraciones civiles.
Para las salas destinadas a teatro se con­serva el modelo barroco, pero los teatros —cuando el poder público se hace cargo de ellos— se transforman en edificios monu-mentales, de preferencia aislados, con gran abundancia de ambientes secundarios, como el Grand Théátre de Burdeos de 1777 y el Tlidátre Francais de París de 1786, de Victor Louis. En Alemania, este tema será estu-diado por Gilly (proyecto del Teatro Nacio-nal de Berlín, 1797), por Schinkel (Schaus-pielhaus de Berlín, 1818) y por Semper (Opera de Dresden, 1838).
Los nuevos museos públicos requieren también edificios convenientemente adap-tados y de gran compromiso arquitectónico, como las ampliaciones de los Museos Vati-canos de 1773 y el Prado de Madrid en 1806 (J. de Villanueva, 1784), el Altos Museum de Berlín (Schinkel, 1823), la Glyptothek y la Alto Pinakothek de Munich (L. Von Klenze, 1815 y 1826).
Los temas referentes a hospitales y cárceles serán estudiados, conjuntamente, en los libros teóricos del principal reformador de finales del siglo XVIII, John Howard (1726-1790)." Los hospitales permanecen sujetos a los modelos tradicionales hasta la difusión del modelo-pabellón, sugerido por los higienistas (el primero fue el hospital La-riboisiére de París, en 1839). Por lo que se refiere a las cárceles, los modelos son dos: la fortaleza cuadrangular (Newgate en Lon-dres, 1770) y el esquema radial (la Maison de Force en Gantes, 1772); este último, que fa-cilita la vigilancia, es el preferido de los teó-ricos (también Jeremy Bentham proyecta un Panopticon en 1791), y se reproduce en mu-chos ejemplos: la Casa di Correzione en Milán (1775), Ipswick en Londres (W. Black-burn, 1785), la Petite Roquette de París (11. Lebas, 1826) y la mayoría de las cárceles (-]el siglo XVIII.
El banco de Iii-laterra, creado en 1694, se ubica, durante este período, en un nuevo edi-ficio monumental, proyectado por Soane en 1788. En Francia, el banco nacional se con-vierte en el tenia del Grand Prix d'Architec-ture de 1790. Sin embargo, la institución se creará solo en 1800, con sede en un edificio antiguo. Pero se hace evidente la necesidad de construir nuevos edificios funcionales para las bolsas, en Londres (J. Peacock, 1801), en San Petersburgo (T. De Thomon, 1804), en París (A. T. Brongniart, 1808).
Los mercados que ocupan, desde siempre, los espacios centrales de las ciudades son ob-jetos de nueva ordenación y organización. A partir de 1800, bajo Napoleón, se procede a la reordenación de los mercados de París. En Londres, C. Fowler realiza la reconstrucción del Covent Garden (1827) y de Hungerford Market (1835).
Y, por fin, el tipo de cementerio moderno nace de los decretos para el traslado de las sepulturas fuera de las ciudades: en París, en 1765; en el Piemonte, en 1775; en Prusia, en 1801 y, luego, en todos los demás países (en Inglaterra, solo en 1855). En algunos casos se utilizan los espacios vallados de los conven-tos suburbanos (en Bolonia y en Ferrara) o bien se contruyen nuevos espacios delimita-dos que se convertirán en escenarios de la nueva monumentalidad civil (como el ce-menterio de Brescia, realizado por R. Van-tini, en 1815).
Todas estas iniciativas se suman a las nue-vas formalidades jurídicas y administrativas y modifican, en su conjunto, los organismos de las «ciudades del antiguo régimen». Las
antigu
y sus cambios quedan oportu-namente registradas en los catastros, reali-zados según los métodos de la geometría descriptiva de Monge. Los espacios públicos y privados quedan perfectamente delimita-dos, y las situaciones intermedias, relacio-nadas con los usos tradicionales, serán paulatinamente inutilizadas. Las calles reciben un nombre oficial y las puertas de las casas un número cívico, para facilitar el registro de la población y el servicio postal. Los proyec-tos de las nuevas construcciones deben ser previamente aprobados por los órganos pú-blicos, en base a las ordenanzas escritas. Los servicios públicos —situados 'en un primer momento tanto en edificios antiguos desti-nados a los mismos usos, como en aquellos que fueron confiscados a las órdenes religio-sas —exigen nuevas construcciones cada vez más numerosas, que reproduzcan el racio-nalismo de las instituciones que representan y que, por sus dimensiones, entran difícil-mente en los espacios de la ciudad tradicio-nal, así como los que deben situarse a deter-minada distancia, como los cementerios y las cárceles. Así pues, todas estas construccio-nes, conjuntamente con los grandes estable-cimientos industriales, se levantan más allá de los perímetros urbanos, y rompen la forma unitaria de las ciudades, mucho antes de que los espacios suburbanos sean invadi-dos por los barrios periféricos.
Incluso las transformaciones globales se institucionalizan por medio de planes reLti-ladores, según una costumbre generalizada. Se define, de esta forma, el sistema el pacios públicos, que comprenden además de las calles y de las plazas, las zonas verdes des-tinadas a pública diversión. Los parques constituyen quizás la mayor novedad de este período. Derivan de los modelos áulicos del anclen régime para uso de todos los ciuda-danos. Los parques reales en la zona occi-dental de Londres —Kensigton Gardens, Hyde Park, Green Park, St. James Park— ya están abierjols al público en el siglo XVIII; a éstos se añade, además, por un decreto del Parlamento en 1811, el Reociit's Park, si-tuado en la zona norte de la ciudad y pro-yectado por John Nash.
La Revolución convierte los parques rea-les en París en públicos; Napoleón promueve la construcción de nuevos parques en varios países del Imperio y sobre todo en Italia: los Giardini de Venecia (1807), el Pincio (figs. 25-27) y los parques arqueológicos de Roma (1809-1814).
En su conjunto, todas estas disposiciones transforman el escenario ciudadano, pero no controlan en absoluto los cambios provoca-dos por la revolución industrial, cambios que se van acumulando de forma totalmente des-proporcionada.
































los es‑
25-27 Dos vistas aéreas del Pincio de Roma

































imagenb

































22. París, fachada del Parlamento, palacio Borbón (1806)



































































































imagen






















20-21. Acabados y estructuras portantes en hierro (del Traité de G. Rondelet, lánis. 101 y 152)


































































26. Plano del Milán de 1839, con los nuevos servicios urbanos detallados en la lista de la izquierda. Arriba, al lado del castillo se distinguen la plaza de armas y la Arena parir espectáculos deportivos












































2. Ingeniería y neoclasicismo
El período entre 1760 y 1830, que para los historiadores de la economía es la era de la revolución industrial, corresponde, en los li-bros de historia del arte, al neoclasicismo.
Idéntico espíritu de crítica y de innovación alcanza a la cultura arquitectónica, pero se encuentra enfrentado a una tradición siti generis, ligada ya, a partir del Renacimiento, a una exigencia de reglamentación intelectual.
Junto con la pintura y la escultura, la arquitectura forma la tríada de las artes mayores; ésta y las demás artes están condicionadas por un sistema de reglas, deducidas en parte de la antigüedad y en parte identificadas por la convergencia de los artistas del Renacimiento, consideradas universales y permanentes, basadas en la naturaleza de las cosas y la experiencia de la antigüedad, con-cebida a manera de una segunda naturaleza.
En los tres últimos si,olos"el repertorio clá-sico ha sido empleado por todos los países civilizados y adaptado a las más diversas exi-gencias prácticas y de gusto; la universalidad intencional de las formas canónicas casi ha logrado quedar completamente traducida a realidad, a través del número casi infinito de SUS aplicaciones.
Pero todo el sistema de la arquitectura clá-sica se rige por una convención inicial: atri-buir carácter necesario y suprahistórico a cada opción particular. Las supuestas leyes naturales e inmutables de la arquitectura se reducen a ciertas constantes, deducidas de forma aproximada de los monumentos ro-manos, de Vitruvio o también de la expe-riencia de los maestros modernos; su univer-salidad es un atributo histórico, figurado e impropio

Tal convención, mientras se mantiene dentro de la cultura clásica, no puede ser nunca formulada directamente; es percibida de vez en cuando como linde y como pérdida, en el camino hacia algunas experiencias más profundas, y la tensión que de ello deriva es una de las fuerzas principales que hacen mover la cultura arquitectónica, particularmente en sus últimas fases.
Pero la Ilustración, en el siglo XVIII, se dispone a discutir todas las instituciones tradicionales, cribándolas a la luz de la razón. Uesprit (le raison, aplicado a la cultura arquitectónica, ataca y pone en claro lo que permanecía en sombras desde el siglo XV, es decir, el exacto alcance de las reglas formales del clasicismo, analizando objetivamente los ingredientes del lenguaje corriente y estudiando sus fuentes históricas, o sea la arquitectura antigua y renacentista. Llega así, necesariamente, a negarla validez universal de estas reglas, colocándolas en una perspectiva histórica correcta, subvirtiendo las bases del mismo clasicismo y poniendo fin, tras más de tres siglos, al movimiento fundado en ellas.






















imagen























La nueva orientación se advierte ya en la primera mitad del siglo, mediante un cambio de tono en la producción arquitectónica y el desarrollo de los estudios arqueológicos.
Obsérvese, por ejemplo, la transición de la arquitectura de Luis XIV a la de Luis XV en Francia, o el cambio de rumbo del barroco romano en 1730 con Clemente XII. La ob­servación de los preceptos canónicos se hace más rigurosa y el control racional sobre el proyecto más exigente y sistemático: la con­tinuidad del lenguaje barroco queda ate­nuada en nombre de una creciente tendencia al análisis de cada parte del edilicio; frecuen­temente, se prefiere separar los órdenes ar­quitectónicos del sistema de muros y poner de manifiesto el entremado de columnas y cornisas.
Al mismo tiempo se exige el más exacto conocimiento de los monumentos antiguos, mediante minuciosos controles directos y no a través de vagas aproximaciones. El patri­monio arqueológico, apenas entrevisto en el Renacimiento, pese al entusiasmo de los hu­manistas, es ahora explorado con métodos
sistemáticos. En este período se inician las excavaciones de Herculano (1711), del Pa­latino (1729), de la Adriana en Tívoli (1734), de Pompcva (1748); se publican las primeras colecciones sistemáticas de planos, no limitándose solamente a los restos ro­manos, sino buscando un conocimiento di­recto del arte griego (Gronovius, 1694), pa­leocristiano (Boldetti, 1720), etrusco (Gori, 1734), e incluso de la prehistoria, sobre la que se discute en París, alrededor de 1730. De esta forma, la antigüedad clásica, que hasta entonces había sido considerada como una edad de oro, colocada idealmente en los confines del tiempo, comienza a ser conocida en su objetiva estructura temporal.
La conservación de 1,,~ objetos antiguos deja de constituir un entretenimiento pri­vado y pasa a ser un problema público. El primer museo público de escultura antigua se abre en Roma en 1752). en Campidoglio; las colecciones vaticanas -2 abren al público en 1739; las del en París, en 1750; en 1753 sir H. Sloane lega a la nación
Inglesa sus objetos de, y su casa de























































28-29. Versalles, el pequeño Trianon (1762) y la granja de María Antonieta (1783-17115)


































































La nueva orientación se advierte ya en la primera mitad del siglo, mediante un cambio de tono en la producción arquitectónica y el desarrollo de los estudios arqueológicos.
Obsérvese, por ejemplo, la transición de la arquitectura de Luis XIV a la de Luis XV en Francia, o el cambio de rumbo del barroco romano en 1730 con Clemente XII. La ob­servación de los preceptos canónicos se hace más rigurosa y el control racional sobre el proyecto más exigente y sistemático: la con­tinuidad del lenguaje barroco queda ate­nuada en nombre de una creciente tendencia al análisis de cada parte del edilicio; frecuen­temente, se prefiere separar los órdenes ar­quitectónicos del sistema de muros y poner de manifiesto el entremado de columnas y cornisas.
Al mismo tiempo se exige el más exacto conocimiento de los monumentos antiguos, mediante minuciosos controles directos y no a través de vagas aproximaciones. El patri­monio arqueológico, apenas entrevisto en el Renacimiento, pese al entusiasmo de los hu­manistas, es ahora explorado con métodos sistemáticos. En este período se inician las excavaciones de Herculano (1711), del Pa­latino (1729), de la Adriana en Tívoli (1734), de Pompcva (1748); se publican las primeras colecciones sistemáticas de planos, no limitándose solamente a los restos ro­manos, sino buscando un conocimiento di­recto del arte griego (Gronovius, 1694), pa­leocristiano (Boldetti, 1720), etrusco (Gori, 1734), e incluso de la prehistoria, sobre la que se discute en París, alrededor de 1730. De esta forma, la antigüedad clásica, que hasta entonces había sido considerada como una edad de oro, colocada idealmente en los confines del tiempo, comienza a ser conocida en su objetiva estructura temporal.
La conservación de 1,,~ objetos antiguos deja de constituir un entretenimiento pri­vado y pasa a ser un problema público. El primer museo público de escultura antigua se abre en Roma en 1752). en Campidoglio; las colecciones vaticanas -2 abren al público en 1739; las del en París, en 1750; en 1753 sir H. Sloane lega a la nación
Inglesa sus objetos de, y su casa de






















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30. G.B. Piranesi, Los templos de Paestuin en 1778












































Bloomsbury es abierta al público en 1759, constituyendo el primer núcleo del British Museum.
Todas estas contribuciones, recogidas en la primera mitad del siglo, son analizadas y sistematizadas racionalmente por Johann Joachim Winckelmann (1717-1768), a co-mienzos de la segunda mitad.
Winckelmann llega a Roma en 1755 y su obra principal, la Historia del Arte Antiguo aparece en 1764. Por vez primera, se pro-pone estudiar la producción artística de los antiguos tal y como es, objetivamente, y no como es entendida por la moda de cada época, haciéndose acreedor al nombre de fundador de la Historia del Arte. Al mismo tiempo, presenta las obras antiguas como modelos concretos a imitar, convirtiéndose en el teórico del nuevo movimiento: el neo-clasicismo. Expone así sus intenciones:Cuantos trataron hasta ahora acerca de lo bello, por pereza mental más que por falta de conocimiento, lo han henchido de ideas metafísicas. Han llegado a imaginarse una infinidad de belle-zas, y las han reconocido en las estatuas griegas, pero en lugar de mostrarlas han hablado de ellas en abstracto... como si todos los monumentos hubieran sido aniquilados o se hubieran perdido. Por ello, para tratar de las artes plásticas entre los griegos... y revelar su calidad, en beneficio tanto de los aficionados, como de los artífices, se debe pasar de lo ideal a lo sensible, de lo general a lo individual, haciéndolo, no con discursos vagos e indefinidos, sino con una precisa determinación de los contornos y siluetas de donde surgen esas apariencias que llamamos formas bellas.





































































































































































Arquitectura del hierro e industrial
Historia del Arte español contemporáneo. Paisaje urbano. Edificios. Puentes y viaductos. Eclecticismo. Premodernismo catalán.
Historia del Arte / Historia del Arte Contemporáneo


HISTORIA DEL ARTE ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO
LA ARQUITECTURA DEL HIERRO. LA ARQUITECTURA INDUSTRIAL. EL ECLECTICISMO DE FIN DE SIGLO. LA ESCUELA PREMODERNISTA CATALANA.
1 LA ARQUITECTURA DEL HIERRO.
Los efectos de la revolución industrial se hicieron sentir en todos los ámbitos de la vida contemporánea. El vertiginoso progreso tecnológico fue el verdadero responsable. La arquitectura, como disciplina muy afectada por la tecnología, sentirá de una forma muy superior a las de las otras artes plásticas los avances que desde mediados del siglo XVIII se vinieron sucediendo en el ámbito específico de los materiales factibles de ser aplicados a la construcción. La incorporación de nuevos materiales implicaba un cambio radical de la apariencia de la arquitectura, lo que hace necesario ampliar el concepto de arquitectura.
Una de las consecuencias de la revolución industrial será el incremento rapidísimo de la población por la disminución de la mortalidad catastrófica. La población demandará nuevos servicios : escuelas, mercados, hospitales..... y el nuevo sistema productivo precisará de dotaciones infraestructurales desconocidas hasta entonces : vías férreas, puentes..... para dar respuesta a esta importante demanda que exigía rapidez constructiva y soluciones novedosas, los nuevos materiales se mostraban idóneos. La resistencia de las estancias oficiales y el rechazo generalizado de los arquitectos, hará que su aplicación se centre casi con exclusividad en una serie muy determinada de construcciones : estación de ferrocarril, mercados, puentes, paisajes urbanos ... permaneciendo ajenos al resto de los edificios.
Aunque el primer efecto de la revolución industrial sobre la construcción fue la extensión del ladrillo, el material que revolucionó la arquitectura fue el hierro. A partir de 1750 se sustituye el carbón vegetal por el mineral lo que permite la obtención del hierro fundido o colado que tiene mayor contenido de carbón que el hierro. El resultado es un material duro e inflexible y muy resistente a la compresión, produciéndose además en grandes cantidades. Esto sucedía en Inglaterra en 1750, lugar en el que comienza a emplearse en la construcción de máquinas y raíles. Ya en 1775 se utilizó en la construcción de un puente sobre el río Severn. Aplicado a la arquitectura surgirá en el Royal Pavilion de Brighton.
El hierro colado permitía la recreación de formas decorativas ; la columna de apariencia clasicista será uno de los elementos más utilizados. El hierro colado pasaría poco a poco a ocupar posiciones de mayor significación constructiva. Primero como pie derecho en forma de columna, luego sustituyendo a las vigas de madera y después a los marcos de las ventanas. Esta evolución se aplicó sobre todo a los edificios fabriles. La fábrica de hilaturas de algodón de Philip and Lee, construida en Stanford ( Manchester), en 1801, presenta por primera vez una estructura íntegramente de hierro fundido, los muros eran de ladrillo y tenía 7 plantas. Fábrica que se convertiría en prototipo. Los beneficios que generaba este sistema eran enormes : un espacio interior amplio, se rentabiliza mejor el espacio también en altura, ya que se posibilita el incremento de plantas. Aumento de la seguridad del edificio, ya que el hierro es infinitamente más seguro que la madera.
Entre tanto los avances tecnológicos continuaban de forma ininterrumpida. El hierro forjado conoció a partir de mediados de siglo un importante desarrollo. El hierro forjado se alternaba con el colado en la composición de los edificios, con excepciones en las que el primero aparecía de forma exclusiva, como es el caso de L Torre Eiffel, levantada en 1889 para la Exposición Universal de ese año.
El siguiente paso fue la obtención del acero, conseguido con la fusión del hierro fundido con el carbón, material elástico y muy resistente, que comenzó a emplearse en las vías férreas, más tarde en los puentes.
Finalmente aparecerá el hormigón armado, descubierto en 1849 por J. Monnier, empleado en 1883 en el puente de Firth of Forth en Escocia.
El gran protagonista de la arquitectura del siglo XIX, por lo que respecta a los materiales derivados del desarrollo tecnológico, es sin duda alguna el hierro, y en especial el hierro colado.
La España del siglo XIX tiene un tardío y pausado avance industrial dependiendo tecnológicamente de otros países como Gran Bretaña, Francia.... el gobierno isabelino en vez de potenciarla, prefirió favorecer la importación de materiales. España no dispuso hasta los años ochenta de una infraestructura siderúrgica capaz de producir los elementos necesarios para las nuevas construcciones.
La industria española tendrá en Cataluña sus primeros y más relevantes resultados. Allí se introducirán los primeros telares mecánicos en la famosa fábrica Bonaplata y Cia, fundada en 1832, quemada en 1835, se rehace en Madrid (1839) y se abre otra en Sevilla (1840). De sus talleres saldrían las piezas para el Puente de Triana,
Asturias, País Vasco y Andalucía constituyeron los tres focos siderúrgicos principales en esta primera fase de la industrialización en España.
La columna de hierro colado será la gran protagonista de la arquitectura del siglo XIX, empezando en la fábrica y llegando a las construcciones domesticas. Lograban espacios uniformes y amplios que aun pueden contemplarse en nuestras ciudades.
La arquitectura en el siglo XIX podía llegar a sucumbir ante la construcción, disciplina propia del ingeniero, que por su condición, no tenía ningún inconveniente en incorporar los nuevos avances tecnológicos. Los arquitectos optaron entonces por diferenciar sus producciones de las de los ingenieros, como la única vía de protección.
El impacto del hierro en la arquitectura del siglo XIX fue bastante menor de lo que en potencia podría haber sido. La arquitectura atravesó el siglo sin apenas ser distorsionada por el avance tecnológico. Los arquitectos se negaron a alterar los códigos vigentes, con algunas excepciones como la del francés Henri Labrouste que no tendrá inconveniente en proclamarse 2 arquitecto del hierro”. Pero la mayoría de los arquitectos no lo harán, y aunque es cierto que irán utilizando cada vez más el hierro en sus construcciones, no lo es menos que funcionará como un elemento de apoyo, integrado y oculto bajo la máscara estilística correspondiente. Finalmente, su exposición directa, o sea, visto, quedará reducida a espacios concretos, generalmente interiores.
Afectada por tanto escasamente la arquitectura en los edificios oficiales y privados, lo que se denomina “arquitectura del hierro” atañe a tipologías surgidas al abrigo de la revolución industrial o que sufrieron un considerable incremento como consecuencia de ella. Ejemplo de ello : las estaciones de ferrocarril, los pabellones de exposición o lo paisajes cubiertos urbanos.
El hierro articulará una estructura, un esqueleto, en el que el único material que le servirá de complemento será el vidrio.
Las obras más genuinas del hierro serán las arquitecturas de los ingenieros. Ellos fueron los auténticos arquitectos del siglo XIX como diría más tarde Le Corbusier.
Aunque el numero de productos puros, de apariencia tecnológica, sean pocos cuatitativamente hablando, su impacto en la arquitectura del XIX será intenso y sobre todo servirá para modificar la concepción y la práctica de la arquitectura en el siglo XX
habla de la plaza de toros de Valencia en la pag 310 en la segunda columna, de los teatros de Comedia y Princesa en la 311 y del Circo Price de Madrid en la 311
El hierro, además de sustituir a la columna de piedra o madera, era de gran eficacia para componer el gran armazón de las bóvedas y cúpulas. Espacios como galerías, pasajes o patios interiores, serían cubiertos por el hierro, en colaboración con el vidrio, que permitía el paso de la luz. Veremos como Ricardo Velázquez Bosco lo utilizará en el patio de la Escuela de Minas de Madrid en 1886.ç
El pasaje es un elemento urbano insertado en la arquitectura que conecta dos vías de la ciudad, pero que al mismo tiempo configura un espacio propio autónomo “ un microcosmos urbano”. El auge de la actividad comercial en el centro de las ciudades, y al mismo tiempo el incremento de la circulación rodada favorecían la creación de estos pasajes. Los primeros pasajes parece que fueron cubiertos con madera. Los promotores de los pasajes fueron en casi todos los casos ricos burgueses que invertían sus beneficios para obtener nuevos beneficios, no para mejorar los espacios urbanos comunales. Esta rentabilidad venía por añadidura, pero no era la función primordial de los pasajes
habla de diferentes pasajes, en concreto del pasaje Gutierrez de Valladolid, de Jerónimo Ortiz de Urbina. En la pag 313.
Solía ser habitual que las entradas estuvieran resaltadas por un gran arco, estructurándose el resto de la fachada como una composición de arquitectura doméstica a base de balcones ordenados simétricamente. El alzado interior está compuesto por huecos en la planta baja que ocupan los comercios y otros en la planta superior cerrados por antepechos de hierro. Pilastras gigantes se interponen entre cada uno de ellos. Nunca falta el símbolo del comercio, que en el caso del Pasaje Gutierrez de Valladolid, obra de Jerónimo Ortiz de Urbina, construido en 1885, y que responde literalmente al esquema descrito, es una escultura de Mercurio colocada en el centro y en los laterales, las cuatro estaciones. La cubierta está formada por hierro y cristal ; termina en un lucernario.
El hierro también fue utilizado en las cubiertas de edificios deportivos, en establecimientos penitenciarios, y en partes específicas de otros.
En todas estas obras, el hierro modificaba la fisionomía de la arquitectura tradicional. Sin embargo no acaba de imponer su imagen. Así continuará durante el resto del siglo.
PUENTES Y VIADUCTOS.
Los puentes tradicionalmente habían formado parte del ámbito profesional del arquitecto. La tipología de puente de sucesivos arcos de fábrica, desarrollado por los romanos, había perdurado hasta el mundo contemporáneo, y se vería alterada por los avances de la ciencia hidráulica y por la introducción de los nuevos materiales. Como vemos su evolución será responsabilidad exclusiva de los ingenieros. La escuela de Ingenieros de Caminos jugó en las obras públicas un papel similar al que la Academia de San Fernando desempeñó en la arquitectura. La Escuela de Ingenieros comenzó a funcionar a partir de 1834.
Aunque los puentes constituyan uno de los bancos de pruebas de la nueva tecnología constructiva, y en esa medida su adscripción al hierro será mayoritaria, la piedra continuará generando magníficos ejemplares. Por ejemplo el que atraviesa el río Ebro en Logroño obra del ingeniero Fermín Manso de Zúñiga que data de 1884 habla de este puente en la pag 316.
Aprovechándose de los avances técnicos, los puentes de fábrica se hicieron más estilizados, adelgazando sus pilares , rebajando sus bóvedas o elevando su altura. Se suprimieron los elementos decorativos, resaltándose la estructura, de cuidadoso acabado.
El cálculo y la resistencia de los materiales permitirá cumplir los deseos de lograr luces mayores y una mayor ejecución más económica, perseguidos desde siempre. Con el hierro se incrementarán las variantes tipológicas . El puente de arcos había sido el que había dominado en la Historia desde que los sumerios lo inventasen hacia el año 3500 a. C. Con el hierro surgirá el puente de vigas, formado por un tablero horizontal sostenido por vigas perpendiculares. Finalmente el puente colgante , suspendido por cables, que fue muy utilizado durante la primera mitad de siglo pero que presentaba muchos problemas por la excesiva flexibilidad del tablero, su tipología era bien sencilla, consistía en una plataforma constituida por tablones de madera suspendidos por cables de hierro que al propio tiempo se sujetaban en cuatro soportes de hierro fundido. Los de Aranjuez, Fuentidueña del Tajo y Arganda, todos ellos en la provincia de Madrid, o el de Santa Isabel en loa de Zaragoza, son algunos de los construidos entre 1842 y 1845. Los puentes atirantados suponen un paso más en la evolución tecnológica.
El primer puente de hierro realizado en España es, según Pedro Navascúes, el que salva la ría del Jardín del Capricho en la Alameda de Osuna, 1830, formado por dos rampas que convergen con una horizontal, todas ellas de madera, dándole una gran elevación en relación al nivel de la ría. Una barandilla muy simple lo completa, más que técnico, su valor es simbólico.
El primer puente de hierro que se construyó en España fue el de Isabel II en Sevilla, más conocido como de Triana, data de 1842, puente de gran importancia por su antigüedad y por constituir en la actualidad un ejemplar único, pues no existe otro en el mundo construido con el sistema Polenceau, nombre de su autor. Se trata de un sistema de hierro fundido a base de grandes arcos. Está formado por tres arcos con dos pilares y dos estribos de fábrica. Entre ellos se lanzan cinco cuchillos de hierro, enlazados por tornapunta. Sobre los cuchillos se apoya el tablero en la parte central, mientras que en los laterales se colocan unos anillos que disminuyen de tamaño a medida que se acercan a la clave del arco.
En 1860, se le encargará a Lucio del Valle, ingeniero de caminos que realizase el Puente Colgante de Valladolid. El puente llamado colgante, pues esta idea se desestimó, fue construido en los talleres de J. H. Poter ( hermano de Harry y primo de Misi) en Birminghan, e importado con posterioridad. Los ingenieros Carlos Campuzano y Antonio Borregón lo montarían en 1864. El puente está formado por dos cuchillos de hierro fundido paralelos, con forma semicircular en la parte superior. En su base una viga sirve de apoyo a vigas transversales que forman el tablero. En los extremos los estribos son de hierro fundido que a su vez se apoyan en unos pedestales de piedra.
Puente nuevo en la ciudad de Murcia, el de Zamora, el de la ciudad de Logroño final de la pag318 y 319.
El desarrollo de los puentes de hierro no obstante, estuvo ligado de forma mayoritaria al ferrocarril. Cuando la infraestructura ferroviaria comience a extenderse, precisará de numerosos puentes y viaductos para salvar la irregular y accidentada orografía peninsular. Una tipología predominará por encima de todas : la del puente de vigas, generalmente de celosías y en menor proporción de alma llena o maciza. Los pilares son de fábrica, metálicos o mixtos, o sea, combinando el hierro con la base de piedra y hormigón. El puente de hierro integral compuesto por vigas y pilas metálicas ofrecía inmejorables condiciones para su adaptación a espacios de grandes dimensiones, tanto longitudinales como de luz, sus esbeltas pilas se hundirán en los profundos tajos sosteniendo vigas perpendiculares, dando una gran sensación de ligereza. A pesar de ello se consideró que su resistencia era menor que la de los pilares de fábrica, y por ello estos últimos son los que casi siempre ocupan su lugar . hasta nosotros han llegado algunos ejemplares. Cronológicamente el primero es el Viaducto de Madrid diseñado por Eugenio Barrón, autor también del Puente sobre el río Manzanares para el ferrocarril Madrid - Alicante en 1860. Tenía una longitud de 265 m y una altura máxima de 130 m ( el viaducto ). Dos pilas de celosías metálicas sobre una base de piedra eran suficientes para salvar este amplio espacio. En 1930 fue sustituido por el actual.
Viaducto excepcional, construido íntegramente en hierro es el de Redondela ( Pontevedra ) sobre el río Carballo.
Habla de otro que hay en Pontevedra, de uno de Logroño, del viaducto de Guadahortuna o de Hecho, y del de Andarax en granada y de otros más en la pag 320.
En algunos tramos especialmente accidentados la acumulación de viaductos de hierro es enorme. Por ejemplo en la línea que transcurre entre Fuentes de San Esteban, en Salamanca y Barca de Alba, en Portugal o en la línea entre Astorga y Plasencia.
Muchos de estos puentes y viaductos fueron construidos por la compañía Eiffel, como el puente peatonal llamado de les Peixeteries, sobre el río Onyar en Gerona, bajo la responsabilidad del arquitecto Manuel Alameda i Esteve. También las provincias mineras, como Huelva, demandarán viaductos para sus ferrocarriles mineros. En cualquiera de ellas, así como en el resto de la geografía, predominará el puente de vigas con celosía y pilas de viga. En la provincia de Guipúzcoa, el viaducto de Ormáiztegui construido en 1866 es uno de los más antiguos, dentro de la tipología apuntada. Sus pilas troncopiramidales dividen la viga de celosía en cinco tramos, hoy convertidos en 10 por el reforzamiento al que fueron sometidos por otros cinco pilares. El autor de este viaducto es Pablo Alzoa y Minondo, gran figura que proyecto también el puente de San Francisco, en Bilbao (1882) y diferentes vías férreas, también el puente internacional sobre el río Miño en Tuy ( pontevedra), el de Zhueros sobre el río Bailón ....pag323 igual que el viaducto de Canalejas
Finalmente hay que referirse a los viaductos de la ciudad de Alcoy ( Alicante ) que como los de Ronda se han convertido en sus auténticos símbolos. Se trataba de ciudades ubicadas entre barrancos que precisaban de estos viaductos para poder normalizar sus actividades económicas y sociales.
Concluiremos este apartado con la alusión al Puente-transbordador sobre la ría del Nervión, que une Portugalete con las arenas, en Vizcaya, es de Alberto Palacio. Es un puente de vigas de 160 m y 45 de altura, soportado por dos pilas-estribos también metálicas. De la pila cuelga un transbordador que permite la travesía sin obstaculizar la navegación.
ESTACIONES DE FERROCARRIL.
Si el ferrocarril había sido generador principalísimo de una buena parte de los puentes y viaductos en los que la nueva tecnología del hierro se había expresado con absoluta transparencia, las estaciones o lugares establecidos a lo largo de una línea en los que los trenes efectúan parada, ofrecerán la posibilidad de desplegar en ellas todos los recursos que la evolución tecnológica permitía. Con el reto añadido de inventar una tipología para estas estaciones ya que los puentes existían, pero las estaciones no.
En la historia de nuestras estaciones de ferrocarril pueden detectarse dos momentos diferentes, al menos en las más importantes, ya que inicialmente consistieron en tinglados de poca monta, que poco a poco fueron sustituidos por obras de mayor envergadura. Un caso arquetípico es la Estación del Norte de Madrid, 1879. Tanto la arquitectura de su fachada, como la cubierta de hierro a dos aguas con cuchillos atirantados, es un ejemplo claro de este tipo de trabajos confiados a empresas concesionarias, en este caso a la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte, en manos de técnicos franceses. El mismo equipo intervino en otras estaciones, así Grasset, ingeniero jefe de la anterior, dio los planos de la Estación de Valladolid ( 1890-95 ) que luego dirigiría Salvador de Armagnac. Varios elementos de ambas estaciones los encontramos en la magnífica Estación del Norte de Burgos.
Grasset formó más tarde una importante compañía afincada en Madrid, de la que salieron otros muchos proyectos, como el de la gran cubierta de la Estación del Norte de Valencia ( 1907 ).
Madrid se constituyó como principal nudo ferroviario, contando por ello con otras estaciones de partida como la de las Delicias (1879) de Emilio Cacheliesne. La estación más notable es la del Mediodia o Atocha que puede ser comparada con las del resto de Europa. El auge del ferrocarril llevó a la Compañía a sustituir la anterior estación por otra de mayor capacidad, para lo cual se realiza un concurso que ganaron el ingeniero Saint James y el arquitecto Alberto de Palacio (1889). La forma de Casco de nave invertido cobijando 7438 metros cuadrados, sin apoyos intermedios, da a la Estación de Atocha un carácter épico, construida en hierro y cristal, lo cual provocó la ira de algunos académicos. Sin embargo la ecuación hierro-progreso era el signo de los tiempos, y las ciudades españolas conocieron la aparición de la arquitectura de hierro no sólo en su periferia, donde se encontraban las estaciones, sino en el interior de la población a través de los mercados.
MERCADOS.
Nuevamente el modelo de los mercados procedía de París, donde las Halles (1854-1866) se erigieron como prototipo europeo. Aquel coloso de hierro fundido, se repetiría en escala proporcional en nuestra Península, llegando en algunos casos a un gran parentesco técnico y estilístico. Así ocurrió con los derribados mercados madrileños de la Cebada y de los Monteses (1870-75), que aunque dirigidos por Mariano Calvo Pereira, eran de material de Francia. Estos dos mercados estaban ubicados en dos viejas plazas irregulares de la ciudad.
Distinto planteamiento tienen los dos grandes mercados barceloneses de San Antonio y del Borne. El primero se halla ocupando una de las manzanas ideadas por Cerdá en el ensanche, de tal manera que cuatro alas, partiendo de los chaflanes, se unen en un cuerpo central ochavado, a modo de cruz de San Andrés. Este cuerpo central alcanza mayor altura con una elegante linterna. Los apoyos son de fundición, siendo el resto hierro laminado y plancha roblonada. Los cuchillos que soportan la cubierta siguen el sistema Polonceau. El mercado proyectado por Antonio Rovira y Trías ( 1876-1882 ) tiene detalles de gran delicadeza, con motivos procedentes del campo decorativo de la arquitectura tradicional. Antonio Rovira fue autor también de los mercados de la Concepción, de la Barceloneta y del barrio de Sans.
El mercado del Borne (1874-76) se debe al arquitecto Fontseré y Mestres y al ingeniero Cornet y Mas correspondiendo su disposición más de cerca al planteamiento de las Halles. Su planta es rectangular, con tres naves, a la que se superpone una disposición cruciforme en cuyo encuentro surge un cuerpo elevado octogonal. Las características persianas fijas aseguran su ventilación al tiempo que la luz penetra por las partes altas de la construcción.
Muchos son los mercados que se levantaron en las ciudades españolas, casi todos desaparecidos o en estado de abandono. Valladolid aún conserva uno de los tres que llegó a tener, el Mercado del Val 1878, del arquitecto Ruiz Sierra. Salamanca cuenta todavía con el mercado de Abastos 1898, proyectado por Joaquín de Vargas donde el hierro y la obra de fábrica alcanzan un equilibrio muy grato. La tipología del mercado decimonónico se mantuvo viva hasta comienzos del siglo XX, donde mercados como el de la La Unión, de 1907, obra de Cerdán y Beltrí, siguen la pauta del barcelonés del Borne, o bien se alían al lenguaje modernista, como sucede en Valencia con el mercado Central, 1910 , obra de los arquitectos catalanes Francisco Guardia Vidal y Alejandro Soler y March. En el mismo Madrid todavía se conserva el mercado de San Miguel, obra de Alfonso Dubé y Díez, que data de 1915.
El hiero se empleó también en aquellas estructuras que tenían análogas exigencias de permeabilidad visual, en edificios para espectáculos públicos. Las columnas e fundición daría lugar a estructuras diáfanas, eliminando ángulos muertos. Así las plazas de toros utilizarán el hierro en su interior, como la de Valencia, de Monleón 1860, la desaparecida de Madrid 1874, de Rodriguez Ayuso , y la plaza de Vista Alegre de Bilbao de Sabino Goicoechea, 1882.
Soluciones análogas conocieron los teatros y circos, pudiendo citarse como ejemplos notables el teatro de la Comedia 1875 y el desaparecido Circo Price, 1880, ambos en Madrid y obra de Agustín Ortíz de Villajos.
El hierro llego incluso a la vivienda popular, donde la tradicional estructura de pies derechos, zapatas y viguería de madera se vio sustituida ahora por columnas de fundición y forjados de hierro, con vigas en T. Así muchas de las casas madrileñas de corredor llamadas por Ramón de la Cruz y Galdós de “Tócame Roque”, con galerías en torno a un patio, mostraron las mismas soluciones, pero en hierro.
Finalmente hay que añadir algo sobre el tema de los pabellones de exposición, pues fue precisamente por este camino por donde el hierro sonó con golpe de gong, sacando a la arquitectura de un letargo secular. El proyecto de Paxton para la primera Exposición Universal en Londres, con su Crystal Palace, 1851, tuvo un eco considerable en todo el mundo civilizado. Tanto que con la novedad de esta estructura de hierro y cristal, se configuró una nueva tipología arquitectónica que recibe el nombre genérico de “palacio de Cristal”. En estos palacios tendremos una continuidad visual a través de las “paredes” transparentes. Claro ejemplo de esta nueva tipología el Palacio de Cristal del Buen Retiro, de Ricardo Velázquez Bosco, construido como gigantesca estufa para albergar plantas exóticas en la Exposición de Filipinas de 1887. Es una obra maestra conjugada con el parque circundante, incluyendo el lago que lo separa del parque.
En cuanto a nuestra aportación a la arquitectura del hierro, tendríamos que resaltar, la existencia de una industria propia del hierro con compañías y talleres de fundición de las que salieron trabajos de gran envergadura. Los nombres de Bonaplata, Jareño y Asins, Masriera y Campins, Moneo, etc., dan fe de una actividad notable que abarca desde la cerrajería artística hasta monumentales estructuras férreas.
2 LA ARQUITECTURA INDUSTRIAL.
La revolución industrial cambió el paisaje natural y el urbano. El agrupamiento de las fábricas dará lugar a un nuevo paisaje : el industrial. Estos edificios, con sus abundantes y características chimeneas, proporcionaran a la ciudad una silueta diferente.
Como tantos otros productos surgidos como consecuencia de la revolución industrial : artefactos mecánicos, estaciones de ferrocarril, las propias arquitecturas fabriles, forman parte de la arqueología industrial, convirtiéndose en testimonio del avance tecnológico a través de la maquinaria .
La arquitectura industrial está condicionada por dos factores fundamentales : la funcionalidad, que se concreta en la organización interior y exterior del edificio de forma que favorezca lo más posible la eficacia del proceso productivo, y el control de los trabajadores. Se trata de explotar los nuevos instrumentos que ofrece la nueva tecnología y la fuerza de trabajo obrera.
Las primeras grandes manufacturas españolas fueron la Real Fábrica de Paños de San Fernando de Henares (1746), la de Vidrio de la Granja, 1760. Tipológicamente se concretan en un edificio bloque con uno o más patios interiores. En el mismo siglo XVIII surgirá una nueva tipología compuesta por la agrupación de pabellones.
La fábrica de tabacos de Sevilla con su excelente arquitectura y sus monumentales fachadas, ocultaba tras sus muros un sistema de control prácticamente carcelario que garantizaba la producción y el orden social constituido.
Desde finales del XVIII estos espacios industriales verán alterada su fisonomía hasta concretarse en nuevas tipologías que harán del edificio industrial un objeto con personalidad propia. Un cambio debido al acoplamiento de los nuevos útiles mecánicos de producción, ya que no podían adaptarse a los viejos espacios.
La industria textil será la primera en beneficiarse de los logros tecnológicos. El telar mecánico revolucionaría la producción de este sector, y por tanto será la industria textil la primera en sustituir la fisonomía de su arquitectura, convirtiéndose en una fábrica de pisos.
La fábrica de pisos tiene una apariencia similar a la de los bloques de viviendas. Su planta suele ser rectangular, larga y estrecha y de gran desarrollo en altura. Con la estructura del edificio se conseguía una buena iluminación. En un principio los materiales eran madera, mampostería y piedra y poco a poco se fueron sustituyendo por los materiales de la revolución industrial, lo que hará que el edificio evolucione tipológicamente hacia una inmensa nave con un terrible diafanidad que proporcionará la entrada de nuevas y gigantescas máquinas que facilitarán el trabajo, aunque ello no significa que mejore la calidad de vida de los trabajadores, por el contrario la fábrica será foco de terribles enfrentamientos sociales, lo que favorecerá el desplazamiento de las industrias fuera de las ciudades, configurándose así las colonias industriales que nacerán en Gran Bretaña a mediados del siglo XVIII.
La arquitectura industrial pertenece al dominio del ingeniero, ya que las inquietudes estilísticas del arquitecto son totalmente ajenas a los demandantes de estas obras.
Desde la fundación en 1832 de la fábrica Bonaplata, que vendría a significar el despegue de la revolución industrial en Cataluña, y por extensión en España, Cataluña ocupará a lo largo del siglo XIX un lugar preferente en el desarrollo industrial de la Península, poseyendo en consecuencia un magnífico y amplio patrimonio de arquitectura industrial.
La Maquinista Terrestre y Marítima fue fundada en 1855 y se ubico en la Barcerloneta. Sería la gran metalúrgica catalana, sucesora en cierto sentido de la Bonaplata y Joan Güel. Sus instalaciones estaban formadas por varios bloques de dos o tres plantas. En Sants también se ubica la Fábrica Batlló, formada por una agrupación de bloques, y limitada por una tapia.
La industria catalana irá incrementándose, y a la tradicional textil se añadirá la siderurgica, alimentaria, de curtidos.... La población de sant Martí de Provençals, será un núcleo de expansión industrial. Allí subsisten fábricas como la Harinera el Progreso 1900, compuesta por un edificio de tres cuerpos, rematados en piñón de tres plantas de gran altura. También encontramos allí la fábrica de Ca l¨Aranyó que es una fábrica textil. Es un edificio de tres pisos en ladrillo.
La Torre de les Aigües, 1883 del arquitecto Pere Falqués, perseguía la toma y distribución de las aguas del Besós. Es de planta circular y está construida íntegramente en ladrillo.
De entre los edificios industriales levantados en el casco urbano de Barcelona destaca el de La Sedeta, 1895. Aprovechando la esquina del solar donde se ubica, se levanta el cuerpo principal que sirve de acceso al recinto, desarrollándose la fábrica en uno de los lados de la manzana que ocupa. Es toda d ladrillo. un edificio que ejemplifica a la perfección el modelo de arquitectura fundacional y ahistoricista.
La central Catalana de Electricidad ( Central Villanova ) pone en evidencia que la arquitectura industrial no permanecía ajena a la evolución de los lenguajes, y por ello incorporaba elementos que hacían más complejas y atractivas sus fachadas. Mezcla con acierto el hierro y el ladrillo, la piedra y la cerámica, dando mayor vistosidad al edificio, pero sin caer en el lenguaje historicista a excepción del cuerpo que se eleva en la esquina.
Las colonias industriales tendrán también un importante desarrollo en Cataluña, especial atención merece la Colonia Güell 1890. El conjunto presenta por una parte las instalaciones fabriles y por otra la colonia obrera más el recinto de los propietarios. El edificio principal del conjunto fabril responde a la tipología de pisos, con cinco plantas. Finas columnas de hierro fundido alineadas en cada una de las plantas, permiten alcanzar una gran limpieza espacial en su interior. En el exterior el ladrillo, entre los grandes vanos repetidos simétricamente, se encargan de organizar unas fachadas muy sencillas. La colonia obrera incluía también escuelas, comercios y una capilla.
A medida que avanzó el siglo los arquitectos se interesaban en mayor medida por este tipo de construcciones. Así tenemos la Fábrica Batlló en Barcelona, de la que sólo queda la chimenea, y sobre todo La Fábrica Asland en Pobla de Lillet, Barcelona de Rafael Guastavino. Hace una construcción en cascada, es decir, desarrollada en caída sobre una fuerte pendiente.
Fuera de Cataluña la industria se desarrolló con mucha pereza. En consecuencia, las muestras de arquitectura industrial son escasas.
Madrid continuó siendo una ciudad burocrática, pero si encontramos la fábrica de la Moneda y la Real Fábrica de Tapices de Juan segundo de Lema 1884. Por su morfología esta real fábrica se inscribe dentro de la arquitectura de ladrillo madrileña, y no en los modelos fabriles catalanes. Se trata de un amplio recinto limitado por naves y edificios alineados a la calle y por un simple muro en otros tramos, se resalta la fachada principal. está formada por un edificio rectangular de planta baja más dos pisos, levantado íntegramente en ladrillo. en el resto de pabellones combina el ladrillo y las fajas de mampostería.
Las Chimeneas pueden admitir distintos diseños, pero en general su vocación es la de una columna gigantesca a quien le faltase el entablamento. En su configuración más habitual el enorme fuste se va adelgazando desde la base, que suele ser bastante ancha para asegurar su estabilidad. A veces la base puede estar formada por un gran paralepípedo sobre el que se levanta la chimenea. El ladrillo es el material insustituible de las chimeneas en el siglo XIX.
Fábrica de Abelló, en León (1900), banda de arquillos ciegos en la embocadura de la chimenea.
Fábrica de Cervezas Mahou, en Madrid, de fuste helicoidal como el que presenta una fábrica de Villena ( Alicante ), sin duda inspiradas en las columnas de la iglesia Gótica de Santiago de Villena.
Tampoco faltan las que presentan una sección poligonal, como la del Vapor Vell en Sants o la de la Fábrica Batlló construida por Guastavino, o cuadrada como la de la Colonia.
Del año 1900 es la fábrica de Cervezas El Águila, instalada frente a la estación de las Delicias. Ofrece el característico aspecto da la arquitectura de ladrillo animada con la incorporación de algunos azulejos y la silueta pintoresca de su cuerpo central presidido por la chimenea que se eleva desde el centro de la cubierta.
Fábrica de Cervezas La Deliciosa, es un edificio de dos plantas con un tratamiento historicista que unía el gótico y el mudéjar.
En el resto de la Península los modelos se repiten. Las industrias que requieren grandes espacios se limitarán a organizar sencillos conjuntos a base de naves adosadas o bien edificios de pisos circunscritos a un recinto tapiado.
3 EL ECLECTICISMO DE FIN DE SIGLO. 4 LA ESCUELA PREMODERNISTA CATALANA.
Cada año, nuestra carrera va a menos, peor infraestructura, menos medios, perores profesores y un sinfín de cosas negativas. También cabe pensar que nos hacemos más inteligentes, y por tanto menos exigentes para la mayoría de las cosas, pero más para otra como es nuestra educación. Pues bueno debido a la incompetencia de la mayoría de nuestros profesores, y en mi caso de quien imparte esta asignatura, he tratado de hacer este tema de la mejor manera. Los dos siguientes apartados no hacen otra cosa que repetir el tema anterior que os entregó Víctor, así que trataré de hacer un resumen de lo que no se incluye en su tema.
La especulación teórica sobre la arquitectura del siglo XIX gira en torno a dos temas centrales : el carácter artístico de esta práctica que la diferencia de la simple construcción, y el problema del estilo.
La indefinición estilística que recorrió el siglo, incrementándose a medida que éste avanzaba, suscitó como hemos visto, controversias entre los críticos y teóricos que intentaban explicar la situación y, sobre todo, encontrar una alternativa definitiva que terminase con la hetereogenidad estililística existente.
Como la situación alcanzó su punto culminante en las últimas décadas del siglo, será entonces cuando se agudicen las polémicas acerca del eclecticismo.
El nuevo estilo vendría a entenderse como un hijo no deseado, como el producto inevitable de una situación histórica. Clasicismo y neovedievalismo fueron las dos conductas estilísticas que atravesaron de forma simultánea el siglo XIX. Las posiciones oficiales , representadas por la Academia se decantaron en todo momento por el clasicismo. El notable peso que aquella Institución mantuvo a lo largo del siglo, hizo que fuera éste el estilo preponderante en las tipologías de orden oficial, en las que la carga representativa era fundamental.
Dentro de estas dos conductas estilísticas encontramos diversos autores y multitud de obras, que como digo se encuentran en el tema 2 y otras que aquí citaré.
Diseño de Pascual y Colomer de reja y candelieri, con hierro forjado. Se trata del proyecto de entrada al Palacio del Marques de Salamanca.
Universidad central de Madrid, que se encuentra en la calle San Bernardo. Edificio de claro corte neoclásico. Es de Narciso Pascual y Colomer.
Proyecto pabellón para una feria de agricultura de Madrid de 1857, basado en elementos historicistas islámicos. Es de Francisco Jareño.
Planta y alzado del teatro Real.
En Córdoba también encontramos teatro diferentes edificios :
Colegio de Santa Victoria en el que participa Ventura Rodriguez.
Capilla neogótica de finales del siglo XIX.
El Hotel Suizo, que se encontraba en las Tendillas, hoy desaparecido. Testimonio de la arquitectura ecléctica imperante que sucumbió al nuevo urbanismo.
Antiguo Ayuntamiento de Córdoba, situado en el mismo sitio que el actual.
Facultad de Medicina de Santiago de Compostela, de Fernando Arbost. Edificio muy clásico
Grabado de un edificio que no existe. Es la Iglesia del Buen Suceso de Madrid.
Circo Price de Madrid, con elementos hispanomusulmanes y corte clásico.
Proyecto de Restauración de la Catedral de Córdoba. Se restauran las cubiertas de la época de Al Haken y Almanzor, pero con mayor cientifismo de lo que se está y haciendo en la Alhambra.
Edificio de la fábrica Gal, del que vemos la Chimenea en un grabado, apreciando que el edificio está basado en la estética neomudejar. También vemos el pabellón de la misma fábrica.
Mercado de Sants
Mercado central de Valencia, de Alejandro Jové. Es de 1910
Desde que se inicia el siglo XIX se suceden los problemas urbanístico debido al enorme crecimiento demográfico, surgiendo así problemas de habitabilidad. Barcelona por ejemplo pasa de 1830 a 1900 de 20mil a 500mil habitantes.
Para solucionar estos problemas empiezan a darse las reestructuraciones de las ciudades, encontrando de esta forma diferentes soluciones. Una de estas soluciones posibles es la Ciudad Lineal de Arturo Mata y Soria, que trataba de ser una ciudad sin diferencias sociales, ya que eran 50 km de largo, atravesados por un tranvía. Los bloques de pisos se agrupaban regularmente sin alejarse de la línea del tranvía para así no establecer diferencias sociales. Los edificios importantes se repartían equitativamente a lo largo de la ciudad. En realidad sólo llegaron a hacerse 5 km, y actualmente está situada al Norte de Madrid, totalmente englobada por el casco urbano.
Plaza de Oriente de Madrid. Es una vista panorámica de una maqueta que ofrece solución a esto problemas que se están produciendo.
Proyecto de Isidro González Velázquez de una nueva fisionomía de la ciudad de Madrid.
Ensanche de San Sebastián entre la Bahía y el Río.
Plano de Barcelona. Ortogonalidad con vías anchas y espaciosas. Se trata de un proyecto de Ildefonso Cerdá.
( el tema de los premodernistas catalanes no sé donde se le olvidó, creo que en el despacho, espero que no pretenda que nos creamos que está aquí dentro, en sus lecciones )
Las obras que hemos visto en clase en este tema son las siguientes.
Pabellón Real de Brihton
Planos de diferentes Mercados de hierro y cristal.
Pabellón Internacional de Londres.
Mercado de París de 1861.
Locomotora de Ferrocarril el Aguila ( en Córdoba )
Puente de Hierro de Sevilla
Puente colgante de Valladolid, 1860, de Potter
Puente colgante de Bilbao, 1910, Alberto de Palacio
Estación del Norte de Barcelona, Demetrio Rives
Estación de las Delicias de Madrid, 1889, Emilio Carcheliense.
Estación de Córdoba en Sevilla.
Estación de Atocha, Alberto de Palacio.
Puente de Triana
Puente colgante sobre el río Gállego en Zaragoza, también llamado de Santa Isabel, 1884, Lamartiere.
Puente colgante sobre el río Pisuerga.
Puente de Amposta en Tarragona, Roviras y Trias.
Viaducto de Hierro sobre el río Manzanares.
Mercado de la Galería de Maquinas de Paris, 1878
Puente de Covas que unía la línea de ferrocarril de León y Orense, 1882, Urbano Peña y Richard
Puente internacional que une Tui con Valenza Domiño, Eduardo Gordino y Andrés Castro.
Puente Colgante que une Portugalete y Las Arenas, Alberto de Palacio.
Proyecto de la Estación del Norte de Madrid.
Mercado central de Córdoba.
Estación de Málaga.
Estación de ferrocarril de Santander a Bilbao.
Estación de Cartagena
Estación de Burgos, Enrique Garcés.
Mercado de los Monteses en Madrid
Mercado de la Cebada
Mercado del Born de Barcelona, 1847, José Fonseret
Mercado de San Antonio en Barcelona, Rovira i Trias
Mercado de Valencia
Mercado de Abastos de Salamanca, 1898, Joaquín Vargas
Mercado de Alfonso XII de Málaga, Joaquín Rucoba
Dibujo de un quiosco de Música
Quiosco en Santiago de Compostela
Quiosco de la Victoria en Córdoba
Faro de la Banya en Tarragona, José Martínez Sanchez.
Invernadero Bráculo de la ciudad de Barcelona, Fonseret i Mestre.
Palacio de Cristal de Madrid, Ricardo Velázquez Bosco
Mercado de la Corredera
Pabellón del Círculo de la Amistad.
Casa de Manolete en Córdoba
Maquinista Terrestre y Marítima
Fábrica Batlló en Sanz.
Harinera el Progreso.
Central catalana de electricidad
Recinto Fabril en santa Coloma de Cervelló, 1890
Fábricas de cervezas Mahou, 1892
Fábricas de cervezas el Aguila en Madrid 1900
Central eléctrica del Mediodía, Madrid 1893
Fábrica de Cerveza la Deliciosa.
Palacio de Congresos o Iglesia Conventual del Espíritu Santo, Narciso Pascual y Tiburcio Pérez.
Palacio del Marqués de Salamanca, Narciso pascual y Colomer.
Diseño de reja y candelieri del mismo palacio y mismo autor
Universidad Central de Madrid, de Narciso Pascual
Palacio de los Duques de Granada, Matías de la Viña
Teatro de la Zarzuela, Jerónimo de Lagandera.
Palacete para la exposición de París, Jerónimo de Lagándera












Biblioteca nacional, Francisco Jareño
Proyecto para una feria dedicada a la agricultura en Madrid en 1857, Francisco Jareño
Fábrica de la Moneda, Francisco Jareño
Fachada del Tribunal de Cuentas, Francisco Jareño.
Casa Xifré, José Boxareu.
En Córdoba tenemos :
Iglesia del Juramento
Colegio de Santa Victoria.
Capilla de fines del XIX.
El Hotel Suizo.
Antiguo Ayuntamiento.
Casón del Buen Retiro, de Ricardo Velázquez Bosco.
Facultad de Medicina de Santiago de Compostela, Fernando Arbost.
Grabado de un edificio que no existe de la iglesia del Buen Suceso de Madrid, Agustín Ortiz de Villajos.
Circo Price de Madrid, Agustín Ortiz de Villajos
Iglesia Conjunto de la Saresa, Martorel i Montel
Fachada de la Concepción de la Catedral de Sevilla, Demetrio de los Rios.
Proyecto de Restauración de la Catedral de Córdoba
Planta de la Almudena y Maqueta
Basílica de Covadonga, Federico Aparicio
Fachada en hastial de una iglesia, Federico Aparicio.
Iglesia del Buen Pastor de San Sebastián, Federico Echave.
Proyecto para una basílica Teresiana en alba de Tormes
Castillo de Butrón
Ábside de Santa Maria de Ripoll,
Escuela de Artes Industriales de Toledo
Chimenea del edificio de la fábrica GAL, y pabellón de la misma
Plaza de toros de las Arenas en Barcelona
Maqueta de la Plaza de Oriente en Barcelona.
Proyecto de Isidro González Velázquez de una nueva fisionomía de la ciudad de Madrid.
Ensanche de san Sebastián entre la Bahía y el Río
Plano de Barcelona de Ildefonso Cerdá.
Ciudad Lineal de Arturo Mata y Soria.